03 marzo, 2012

La romántica vida de Gustav Schilick



Esta es la historia de Gustav Schilick, un hombre ahora reducido a un casi hombre; temeroso, sin honra, fugitivo y finalmente metido a patriota a la fuerza y por motivos totalmente ajenos a la guerra.
La vida de Gustav, que antes era despreocupada, comenzó a complicarse cuando, en una de esas tantas kermes a las que asistía por diversión –con el sólo fin de seducir mujeres- conoció a Frau Hagaar. Nuestro hombre era todo un dandi, bon vivant y galante, que gracias a una pequeña fortuna en chelines heredada de una tía abuela, podía darse el lujo de frecuentar los mejores salones y alternar con bohemios y burgueses como él, que vivían de sus negocios y heredades. Así, Gustav joven, con algo de dinero: bien trajeado, con una mediana cultura, destacaba entre sus pares y sin ser hermoso gozaba de harta aceptación entre  las damas.

Cuando conoció a Frau Hagaar y como era ya su costumbre, decidió obtenerla como uno más de sus muchas seducciones: bailarinas, cantantes de ópera, viudas y hasta se cuenta que una novicia. La verdad es que la dama no le fue indiferente y las cosas surgieron poco a poco. En ausencia del marido viajante, un renombrado banquero que por casualidad, mantenía en sus arcas los bienes de Gustav, los encuentros se hicieron frecuentes: una vez en el Prater, o en una velada benéfica, otra en el café Griensteidl, o un paseo al bosque para retozar eróticamente en el prado. A veces paseando castamente en  coche, otras no tan santas dando vueltas por la callejuelas  de la ciudad, mientras dentro del carruaje ocurría el desenfreno. Con el correr de los meses, los amantes pasaron a constituirse prácticamente y sin el menor recato en pareja. Se olvidaron los encuentros a escondidas y se veían frecuentemente en el pequeño apartamento que poseía Gustav retirado del centro de Viena… Durante siete meses, fueron dichosos hasta que las comidillas llegaron a oídos de Herr Hagaar. Valido de su posición, se agenció un oficial policíaco quien en poco tiempo puso al cornudo al corriente de su deshonrosa situación.
A todas estas y para lavar su honor, Herr Hagaar envió una misiva que tomó de sorpresa a Gustav; ¡ un reto a duelo!  Aunque tal práctica estaba prohibida, seguía siendo costumbre entre los caballeros… Nuestro protagonista fue convocado una fría madrugada a batirse con el ultrajado marido. Esta vez la suerte abandonó al ofensor y aunque no murió en la finta, salió herido de un pistoletazo por su diestro contrincante. Apropiadamente llegó la autoridad y sin saberse por cuál causa, sólo el herido fue apresado. Ya en el calabozo, Gustav captó el doblez de todo el asunto: el caballero Hagaar había dispuesto todo para errar el tiro, hacerlo encarcelar y además de humillarlo, estarle  en deuda por su vida.

Como parece ser, las cosas malhadadas vienen juntas; ya para ese entonces en toda Europa y especialmente en Viena se vivía, un clima enrarecido con presagios de guerra. El gran imperio se debilitaba y no sabríamos si para su fortuna o desdicha, Gustav se vio envuelto en una guerra iniciada también, por un furtivo pistoletazo… Evadiendo juicio y castigo, cambió condena por tropa. Se alistó y helo aquí en esta inmunda trinchera del frente oriental, con una bayoneta al hombro: sin dormir,  mal comido, peor apertrechado y aterido de frío, esperando la orden de atacar al enemigo que a estas alturas ya no sabe si es gabacho: balcánico, hijo de Albión, otomano o de la puta madre, que para el caso da lo mismo y quien, desde la otra trinchera, bombardea día y noche despiadadamente.
Dos veces salió Gustav con su batallón, dos veces regresó malherido.  Finalmente, cuando una bayoneta le atravesó el pecho, tirado en aquel sangriento lodazal,  tuvo en un instante de aliento la visión de girar con una deliciosa criatura en un lejano baile, allá en su amada ciudad donde tan placenteramente vivió.
CCS, febrero 2012
Ilustración: Renoir

06 febrero, 2012

Piano bar



Es de noche -casi siempre sale al anochecer de la oficina- y estaba más agotada que nunca. Su agotamiento no era tanto físico como mental y moral. Deprimida, con ganas de tirar todo por la ventana. Tanto batallar para levantar su proyecto y ese viernes le habían dado la puntilla. Tendría que inventarse algo totalmente distinto para el marketing. De mala gana engavetó el papeleo y las presentaciones, en el archivero de intentos fallidos. Cerró la oficina y salió. En el ascensor se acicaló. Cuando llegó a la planta baja su furia se había aplacado.

Salió al lobby del edificio y luego a la calle. El frío de la noche la hizo percatar que no estaba suficientemente abrigada. Inspiró profundamente y echo a andar por la avenida iluminada, viendo la vitrinas. Sin darse cuenta, ya estaba alejada y con más frío. Vio el aviso luminoso de un piano-bar; unos tragos no me vendrán mal en estas circunstancias... Empujó la puerta. Cuando sus ojos se acostumbraron a la media luz y al humo que invadía el pequeño local, pudo ver que estaba poco concurrido. Unos cuantos hombres en la barra, una pareja de jóvenes en un mesita. Un lánguido blues, sonaba en la rockolla. En la barra se acomodó en una de las altas banquetas. El barman le da la bienvenida; ¿qué le sirvo?...Un martini seco.

Se lo fue bebiendo lentamente, como lentamente se puso a observar a los parroquianos que allí estaban. Tenían aspecto de gente de oficina –así como ella- de esas que se reúnen los viernes en la noche para tomarse algo, antes de llegar a casa. Este mal día, con la rabieta y la frustración que le ocasionó su fallido proyecto, rechazó todas las invitaciones y fue a recalar donde estaba ahora.

En verdad no le llamó mucho la atención el hombre que ahora entraba al lugar. Fue directamente a la esquina de la barra. Colocó el maletín en otro de los taburetes vacíos. Saludo al barman como si ya lo conociera de mucho tiempo y pidió un trago… Los intercambios de miradas llegaron a la segunda copa. Era un tipo de mediana edad, delgado y con una sonrisa franca. El tercer trago se lo brindó él. Así se lo hizo saber el barman cuando le sirvió. Le sonrió al momento que levantó la copa. Permanecieron en sus respectivos lugares un buen rato. Después, vino hacia ella. Sólo le dijo buenas noches. Dejó un sobre en frente, dio media vuelta y desapareció del lugar… Perpleja y curiosa abrió el sobre. Contenía mucho dinero y una tarjeta de presentación de un hotel. Por detrás las señas de la habitación y más nada. Se rió; ¡este tipo se equivocó conmigo! El gesto le pareció grotesco, pero no se enfadó. Pidió otro trago y algo para comer. Estuvo meditando qué hacer con ese sobre y si atender o no la inusual invitación; ¿qué tengo que perder? Agarró sobre y cartera, pagó y salió del local.

Caminó unas dos cuadras y llegó a la puerta de un viejo hotel, no muy lujoso pero con cierta clase. Entró muy decidida y fue directamente al ascensor. Cuando llegó al piso señalado y las puertas del elevador se abrieron, dudó en bajarse…Ya estoy aquí. ¿por qué no, qué me puede pasar? Salió al corredor buscó el numero señalado. Cuando golpeó a la puerta le abrió el mismo tipo, ataviado con un batín. Te estaba esperando. Ponte cómoda, ¿quieres una copa de champagne? ; ¡sí me encantaría!

Estaba en la pequeña sala de una suite. Se despojó de su chaqueta y su cartera. Intentó dar una explicación de lo acaecido pero él no se lo permitió. Brindaron. El hombre colocó música suave y se acomodaron en el sofá. Vengo esporádicamente a esta ciudad, por asuntos de negocios ; Yo trabj.... No la dejó continuar, puso un dedo sobre su boca y recorrió suavemente, los labios, los dientes. Cosas del destino, seguramente, le dijo. Bailaban y conversaban; aquí hay una equivocación. ¿Te parece?, no lo tomes a mal pero el fin es lo que cuenta.Con seguridad la aferró entre sus brazos. Comenzó a besarla y a desvestirla muy lento. Ella no opuso resistencia. Al quedar totalmente desnuda le pidió que bailara para él. Nuevamente llenó las copas y se sentó a observarla. Ahora le ordenaba; acaríciate, tócate… Al compás de la música hizo todo lo que quiso; ¡acércate, ven. Le roció el licor por los pezones y los lamió. El liquidó le corrió por el vientre y allí lo recogió su lengua. La reclinó en el sofá y se despojó del batín. Arrodillado al borde del mueble, sus manos se movían con sabiduría y agilidad. Roció el monte de venus con más champagne y bebió en esa copa. Con los sentidos extraviados, ella respondió a sus caricias.

Acunada en sus brazos, la llevó a la habitación iluminada sólo por la luz del velador. En el lecho, se puso debajo y le cedió el turno a ella. Totalmente laxo se entregó a la voluntad de la mujer. Ella lo sintió vibrar todo a través de su boca. Adelantándose a su espasmo lo cabalgó; una, dos, tres veces. Desmayada, reposó sobre su pecho. Quedaron largamente así, arrullados por el ritmo de sus respiraciones. Luego aún somnolienta, sintió que la volteaba y le mordía suavemente la espalda. La invadía por detrás. Intentó protestar, pero fue vencida. Entrelazados durmieron largamente...

Una suave claridad entró por el ventanal. Se incorporó. Su acompañante dormía profundamente; ¡ como todos los hombres satisfechos !... Para no despertarlo, en la salita se vistió lo más adecuadamente posible. Tomó sus pertenencias. Fue nuevamente a la habitación a echar una última mirada al dormido; ¡ni siquiera sé tu nombre!Puso el sobre con el dinero encima del velador y salió sin hacer ruido.

Caracas, Julio 2002
Ilustración: Viettriano

24 junio, 2011

Bajo la falda



¡Me molesta! ver a las mujeres en minifalda y con las tetas al aire, que no dejan nada a la imaginación. Una amiga, dice que las muestran porque no son de ellas. Quizá tenga razón… Me desagrada la franelita corta con las barriguita al aire. Tampoco me gustan las mujeres empantalonadas… No, no piensen que soy retrógrado, tradicional o gay. Por supuesto que mis panas jodedores no me lo dicen tan finamente; ellos dicen que soy un maricón que no se atreve a salir del closet...


No puedo ir contra mi naturaleza. Me gustan las mujeres tapadas, pero no por ello acepto, ni las monjas ni las musulmanas, aunque reconozco que tienen su morbo. Me refiero a mujeres mundanas, esas que vemos todos los días en la calle, en el trabajo, en el vecindario. Mis amigotes dicen que soy pendejo. No comprenden mis argumentos. Mis motivos tienen más que ver probablemente con alguna pulsión fetichista reprimida. Bien entendido, no le veo la gracia a que te metan por los ojos todo de una vez. ¡Se me asemeja a una vitrina de carnicería!
Y estoy harto de ver tetas idénticas unas a otras. No hay expectativas. Ya sabes con lo que te vas a encontrar… A los machos nos catalogan de visuales, pero de tanto ver tetas, culos y piernones, llega un momento que uno no le para –¡ni se me para!- y se busca otra cosa. Eso es lo que busco.


Me gusta adivinar, descubrir, imaginar. Qué habrá debajo de esa blusa con los primeros botones sueltos. ¿Las tendrá redondas o como aguacates? Cómo serán sus pezones, rosados, morenos. Las axilas, olorosas a recién bañada... Esas mangas largas, deben esconder unos brazos turgentes, de suave piel. ¿Tendrá lunares?... ¡Me excitan todos estos pensamientos! Y la falda a media pierna, qué puede esconder. ¿Usará liguero? ¿Con o sin pantaletas? ¿La tendrá afeitadita?… Es lo mismo que leer el menú del restaurante e imaginarse los platos. La falda larga, es lo máximo para mí. Cuando caminan –especialmente entaconadas- la falda se va amoldando a sus movimientos. Juega entre sus muslos. Entonces imagino que soy yo y no la tela quien va acariciándolos...


Por la calle ni me ocupo en ver las chicas exhibicionistas que pasan a mi lado. En cambio, cuando veo venir hacia mí una mujer en falda ya comienzo a elucubrar. Luego al pasar y contemplarla de espaldas me invade una cierta melancolía por no abordarla y meterme bajo su falda… ¡sólo pensarlo me eriza la piel!


Hay un mundo aparte bajo una falda ancha, donde quepo a mi placer: visión, sabores y olores distintos.... Para mí estar allí cobijado, equivale al paraíso. Veo, hurgo, saboreo a escondidas. Tiene un morbo entre sensual e ingenuo. Como cuando de pequeño me cubría totalmente con la sábana para masturbarme… Todas esas sensaciones se me vienen a la cabeza y trasciende el momento mágico, cuando me encuentro bajo una falda femenina.


Caracas, junio 2011

Ilustración sacada de la web.

15 mayo, 2011

Ella en la vitrina




Está allí, como un pez dorado solitario en una pecera. Ocupa la vitrina de escueto decorado: cortinajes y una silla. Trabaja sólo en las noches, en uno de esos sitios de mala muerte donde van hombres, también de mala muerte, a ver las mujeres desnudarse. Dice que para costearse los estudios. El principio no tenía muchos clientes, pero se corrió la voz.

Alta, delgada, pelo claro, bien parecida. Poco maquillaje, muy natural. No baila, no se cuelga de un tubo, no se contorsiona... Su rutina es muy simple: totalmente desnuda, con unos llamativos lentes y un libro en la mano da una vuelta por la vitrina, luego se sienta y lee en voz alta con la entonación debida, novelas eróticas. A veces fuma una pipa perfumada. Totalmente ajena al influjo que su voz tiene sobre quienes la observan: algunos se masturban, otros la acarician a través del vidrio, otros responden con palabras soeces a lo que van escuchando… Se hace llamar Anaïs, como la escritora. En sus comienzos no iba nadie a verla. En cambio ahora tiene su clientela fija. Ha tenido que ordenar las lecturas –cambia los lentes a medida que cambia los títulos- para que sus clientes no pierdan la ilación de los capítulos: hoy El amante de Lady Chaterly, mañana Las edades Lulú, la próxima semana Ceremonia de mujeres…y así transcurrieron cuatro años.

Ya desapareció de la vitrina. Ahora trabaja en su tesis de grado, por supuesto en un tema que bien conoce: literatura erótica francesa. Graduada comienza a dar clases en un liceo. El primer día que estuvo frente al alumnado sintió un deseo irreprimible de desnudarse.



Caracas, mayo 2011
Ilustración sacada de la web.

01 abril, 2011

Olympia






Recostada entre almohadones, sin recato alguno. Desafiante. Provocativa. Sensual...Evoca una odalisca yacente, sobre un mantón oriental. Totalmente desnuda, sólo una ínfima parte del bello cuerpo cubierto: el cuello, con una cinta negra. Se dejó una zapatilla de tacón, para un toque de fetichismo. Un toque coqueto: en el cabello recogido la orquídea. Una flor con connotaciones eróticas: la vulva, y un brazalete metálico en el brazo derecho. Su otro brazo reposa sobre el terso vientre. La mano oculta delicadamente el pubis. Sin actitudes vergonzantes, demuestra quien es: una cortesana de alto vuelo en el Paris de l800… El rostro de Olympia refleja altivez: ve con descaro al espectador, como si de un cliente se tratara. Maliciosamente retadora… La composición incluye además: la mucama de turbante, negra y rolliza quien carga un bouquet de flores, quizá obsequio de algún cliente y el gato negro que se despereza a los pies de su ama…


Olympia fue real, vivió y tuvo mucha notoriedad y cierta influencia en los círculos sociales de París. Pero esa notoriedad no sería suficiente para pasar a la posteridad. Siempre estará en deuda con Edouard Manet, quien la convertirá en su modelo favorita y la presenta en varias de sus pinturas. La obra como tantas otras del impresionismo fue rechazada y vilipendiada como escena de burdel... Descolgada del Salón de París, finalmente –con escándalo y todo- se exhibió en la Exposición Universal de 1889. Con el correr de los años ahora está privilegiadamente situada en el Museo D´Orsay... Manet aparte de pintor impresionista, era un pequeño burgués muy apegado a los cánones de comportamiento de su clase: un señor muy elegante, cuidadoso de su físico y del entorno social donde se desenvolvía. Especialmente atento con las damas. Lo que se dice un hombre encantador, un flameur… ¿Hasta dónde llegó su adoración por Victorine Meurent –así se llamaba la modelo- que con su maestría la reflejó tan hermosa y sexualmente apetecible?… O la escudriñó Manet, bajo su mirada de pintor, como una vestal digna de preservar… Quizá en la pintura reflejó el goce que obtenía con sólo mirarla... Acaso su relación sería puramente profesional... ¿La profesión de ella o la de él ?


El poeta Paul Valery le dedicó unas frases que refleja el influjo que desató Olympia en los hombres que se detuvieron ante el cuadro: “La pureza de un trazo perfecto esconde a la Impura por excelencia, aquella cuya función exige la ignorancia sosegada y cándida de todo pudor.” El escultor Rodin manifestó: “Una mujer que se desnuda es una imagen fulminante, como el sol que traspasa las nubes” ... Más recientemente Foucault dijo de ella: “Nuestra mirada, aporta la luz… Nosotros somos por lo tanto responsables de la visibilidad y de la desnudez de la Olimpia. Todo espectador se encuentra por lo tanto necesariamente implicado en esta desnudez. Se ve cómo una transformación estética puede provocar el escándalo moral.”A través del tiempo Olympia no ha pasado desapercibida, si este era el objetivo, se ha logrado. Aparte de los estudios críticos sobre la pintura, se han realizado acerca de ella, análisis semióticos, que ya es mucho decir. ¡Nunca imaginaste Victorine que trascenderías con tal alcance! Tú una cocotte cara, pero puta al fin. Una interrogante que llama la atención es por qué el artísta no utilizó el verdadero nombre de la conocida modelo, para titular su obra. Quizá Manet deseó homenajear a otra omónima: Olympia de Gouges, quien en plena revolución francesa solicitó "Los derechos de la mujer y la ciudadana", pero los tales "revolucionarios" muy "ilustrados" ellos, no dejaban de ser machistas y prefirieron enviarla al cadalso.



¿Qué moviliza hoy Olympia en el espectador ? En esta época de revistas Play-boy y pornografía pura y dura donde nada se deja a al imaginación, factiblemente Olympia -desde el punto de vista erótico- pase sin pena ni gloria, aparte de destacar la belleza de su cuerpo femenino. No obstante para mí no ha perdido su atractivo estético ni sexual... Olympia nos sigue retando: nadie pasa delante de ella sin detenerse, para bien o para mal...





Caracas, marzo 2011

Ilustración tomada de la Web.

13 diciembre, 2010

En los probadores



¡Esta vez no me pude escapar..! le prometí a Julieta regalarle la pinta de las festividades navideñas; encima que le voy a meter el tarjertazo al gasto, ella quiere que la acompañe a la tienda para efectuar la escogencia… ¡Qué ladilla!

Llegamos a la boutique. Julieta escogió una de esas que llaman de “alta costura”. Nos hicieron pasar a un saloncito alfombrado, con cortinajes, espejos y un sofá; en frente varios probadores. Me ofrecieron café. Armado de paciencia me senté –supuse que la cuestión era para largo- mientras mi mujer, junto con una vendedora que le mostraba más y más vainas, escogió un montón de miriñaques de los estantes y colgadores y se los llevó al probador. Mirando para todos lados, de pronto observé lo que sucedía en el cubículo contiguo al de Julieta… La dependienta traía a la persona que estaba dentro, una inimaginable variedad de ropa intima: sostenes, ligeros, pantaletas, dormilonas de encajes o transparentes; negros, blancos, rojos; combinaciones… A medida que la mujer se media la ropa íntima, iba lanzando aquello que no quería por sobre la puerta del probador y caía sobre la alfombra.

La cuestión me intrigó y me puse a elucubrar... ¿Quién será esa tipa?. No debe ser una ama de casa. Mi mujer no compra esas cosas; la muy insulsa duerme con franela... Esta debe ser una mujer de clase, además sensual: soltera, quizá una stripper, o será una puta... ¿Cómo será? Rubia sin duda y con melena: no muy joven, alta, estilizada, con unas buenas tetas y un culo apetecible... Cerré los ojos y me recosté en el diván. Me gustaría conocerla, tener un encuentro sexual del carajo con ella… Me la tiro sin condón para sentir su vagina tibia y jugosa... Debe ser buena en la cama: desnudarla ¡ojalá no tenga el coño afeitado, para saber si es rubia natural!... Si tiene tetas de silicona no me importa. Lo importante es gozarla… Una mujer así debe ser de las que te montan y piden más: házmelo por aquí, métemelo por allá; hazme lo otro…¿Quieres que me lo coma?, si mamita, anda… ¡Un polvo de esos inolvidables, no joda!...

Eloy mi amorcitico, escogí esto. ¿Te gusta, te parece?...Volví a la realidad. Si mija; ese te queda muy bien… Julieta entró nuevamente al probador a cambiarse de ropa. Cuando salió me tomó del brazo; ahora vamos a buscar los zapatos… Estando en la caja, mientras pasaban la tarjeta y metían en bolsas la compra de mi mujercita, vi de reojo hacia el saloncito de probadores: salió una señora gorda, luego dos mujeres comunes y corrientes que conversaban. La rubia de mis sueños no salió nunca...

Caracas, dic.2010
Ilustración: Vettriano