29 marzo, 2025

Pezones oscuros.

Don Gregorio, un viejo cura de una pequeña y próspera ciudad, está a la espera de su sustituto. Ya son demasiados años de servicio y se hace justo y necesario su retiro. No sólo Don Gregorio está inquieto por la tardanza, las beatas del pueblo también. En definitiva solo saben que es un cura joven y que se llama Andrés Carballo. Don Gregorio, sí sabe todo lo que ha de saber; que  estudió en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma y que viene recomendado por la Diócesis en una misiva.

Finalmente, llega el nuevo cura. Para su recibimiento y despedida de Don Gregorio, se organiza un modesto sarao, con la asistencia de las autoridades: Jefe civil, los ganaderos, la representación de la sociedad y por supuesto el grupo de beatas. Andrés Caraballo, es alto, con buen porte,  de unos treinta años, voz grave,  y por lo visto actualizado. Usa clergyman, en vez de sotana. Es decir, Don Andrés comenzó con buen pie su ejercicio eclesiástico. Se introdujo en los círculos sociales, reorganizó las funciones y horarios. Remozó dentro de las posibilidades, la escuela parroquial y la sacristía y supo manejar diestramente el grupo de desconfiadas beatas, asignándoles algunas tareas. Así, se gana a sus feligresía: ahora más hombres asisten a los oficios, porque no es igual confesarse con un hombre de sotana que con uno que viste pantalón tal como ellos. Sus esposas también notan la diferencia...

Don Andrés, se distingue en el púlpito, cuando canta con el coro de beatas, cuando juega béisbol con los muchachos y cuando asiste a alguna que otra invitación de las autoridades. Todo esto caló en la juventud. Nuevas chicas se integran al coro y  mucho chicos fungen de monaguillos. Don Andrés, no percibió ese cambio, sino cuando sus monaguillos entraban en peleas por ayudar en las comuniones. Allí fue cuando él se percató del interés de los chicos, debido a que las damas asisten a los oficios con prominentes escotes que permiten ver sus bustos. 

A partir de ese momento, él también se puso a distinguir las tetas de las comulgantes y retardar calmadamente el acto de impartir las hostias. Doña Encarnación, la esposa del Jefe civil, las tiene grandes. Felisa, la de la farmacia, redonditas y pequeñas. María Luisa, la maestra, usa una encantadora cadenita con un crucifijo que reposa entre ambas tetas. Mercedes, la cajera del auto mercado, se hizo un implante y ahora tiene un llamativo busto que no cabe en la estrecha blusa. Más, lo que terminó de saciar la curiosidad de Don Andrés, fueron una tetas morenas, con unos grandes pezones oscuros que se traslucen en su blusa. Esa es Josefina, la chica mulata que acompaña a la madre del Coronel Màrquez, jefe de la guarnición. A partir de ese descubrimiento, el cura no tiene paz ni sosiego.  Espera con ansias y nervios los días de comunión. Deja para el final de la ceremonia a Josefina. Luego en las noches, sus sueños reviven una y otra vez esas deliciosas tetas, con sus morenos pezones. En sueños  los lame, acaricia,  aprieta. De nada le valen flagelaciones ni cilicios. Amanece bañado en sudor y empapado de sus segregaciones oníricas.  Al cura no le quedó otro recurso que cambiar pantalones por sotana a fin de disimular sus erecciones.

Las damas, no ignoran los efectos que causan. Por el contrario coquetean; muestra cada vez más sus solemnes tetas y sonríen maliciosamente. El acercamiento se intensifica cuando Josefina se ofrece para asear la sacristía, una tarde por semana. En tales momentos, él cura observa con detenimiento desde su escribanía. Josefina, muestra al desgaire: pantorrillas, muslos y sus  firmes nalgas Él intempestivamente sale de la habitación. En el lavatorio alivia su hombría antes que reviente. Se suceden las visitas. Esta vez Don Andrés se levanta, la toma del brazo y dice: arrodíllate. La cubre con su sotana y espera unos minutos. En éxtasis de pie gime y llora, mientras siente que le aprietan las nalgas, que unos labios se revuelven en su pubis y la succión que lo hace desfallecer. Cuando finaliza, Josefina sale de su escondite. Con la misma sotana se limpia la boca y masculla : hasta el viernes a la misma hora. Esa noche, el cura no concilia el sueño. Se debate entre sus convicciones, la culpa y sus instintos. Las tardes se suceden. En uno de esos encuentros Don Andrés la lanza contra el lecho. Finalmente tuvo esos pezones atormentadores en su boca. Recorre su vientre y  sorbe sus jugos mientras trata con su mano de acallar los gemidos obscenidades y sacrilegios que ella profiere en su desvarío !Lame, ags, asi, Dios, ags, tu lengua, tu lengua, ags, Dios mío, divino!  Luego la voltea y ella contra la almohada, ahoga un quejido cuando siente al hombre que cabalga sus nalgas y fieramente su fuego la penetra...

Por circunstancias de la vida, los encuentros se distancian. La madre del Coronel Márquez regresa a la capital y con ella Josefina. El cura conmovido, consternado, queda en su iglesia. El tiempo pasa, la rutina continúa, las comuniones siguen. Sólo cambia el panorama; las chicas del coro han crecido. Don Andrés nuevamente comienza a reconocer a sus comulgantes: estas son las tetas de Carmencita, estas son de Encarnación, estas de Angelita, pero no hay ninguna teta que tenga  pezones oscuros.


Caracas, marzo 2025

21 septiembre, 2024

AIKUS (Eros)

 Calma del placer,

 siempre reconocernos.

 Duerme la noche.


Sombra pertinaz,

recuerdos consumidos.

Amor que no fue.

20 septiembre, 2023

Una última vez.

Volví por mis trastos. Cuando entré se estaba duchando. Un impulso me llevó a dibujar en el vidrio , con el vapor que emanaba, su silueta: la espalda, las nalgas, los muslos. Mi erección iba en aumento. Por un instante pensé entrar y quizás, una última vez, empaparnos juntos como hacíamos antes. Sorber el agua que corre en su entrepierna y disfrutar de un coito.... ¡Qué haces! gritó. Agarra tus vainas y lárgate. No olvides dejar las llaves al salir. Tragué entero y di media vuelta, sin despedirme. Me largué con un portazo, mi erección y las ganas de esa última vez.


Caracas, sept. 2023

03 marzo, 2012

La romántica vida de Gustav Schilick



Esta es la historia de Gustav Schilick, un hombre ahora reducido a un casi hombre; temeroso, sin honra, fugitivo y finalmente metido a patriota a la fuerza y por motivos totalmente ajenos a la guerra.
La vida de Gustav, que antes era despreocupada, comenzó a complicarse cuando, en una de esas tantas kermes a las que asistía por diversión –con el sólo fin de seducir mujeres- conoció a Frau Hagaar. Nuestro hombre era todo un dandi, bon vivant y galante, que gracias a una pequeña fortuna en chelines heredada de una tía abuela, podía darse el lujo de frecuentar los mejores salones y alternar con bohemios y burgueses como él, que vivían de sus negocios y heredades. Así, Gustav joven, con algo de dinero: bien trajeado, con una mediana cultura, destacaba entre sus pares y sin ser hermoso gozaba de harta aceptación entre  las damas.

Cuando conoció a Frau Hagaar y como era ya su costumbre, decidió obtenerla como uno más de sus muchas seducciones: bailarinas, cantantes de ópera, viudas y hasta se cuenta que una novicia. La verdad es que la dama no le fue indiferente y las cosas surgieron poco a poco. En ausencia del marido viajante, un renombrado banquero que por casualidad, mantenía en sus arcas los bienes de Gustav, los encuentros se hicieron frecuentes: una vez en el Prater, o en una velada benéfica, otra en el café Griensteidl, o un paseo al bosque para retozar eróticamente en el prado. A veces paseando castamente en  coche, otras no tan santas dando vueltas por la callejuelas  de la ciudad, mientras dentro del carruaje ocurría el desenfreno. Con el correr de los meses, los amantes pasaron a constituirse prácticamente y sin el menor recato en pareja. Se olvidaron los encuentros a escondidas y se veían frecuentemente en el pequeño apartamento que poseía Gustav retirado del centro de Viena… Durante siete meses, fueron dichosos hasta que las comidillas llegaron a oídos de Herr Hagaar. Valido de su posición, se agenció un oficial policíaco quien en poco tiempo puso al cornudo al corriente de su deshonrosa situación.
A todas estas y para lavar su honor, Herr Hagaar envió una misiva que tomó de sorpresa a Gustav; ¡ un reto a duelo!  Aunque tal práctica estaba prohibida, seguía siendo costumbre entre los caballeros… Nuestro protagonista fue convocado una fría madrugada a batirse con el ultrajado marido. Esta vez la suerte abandonó al ofensor y aunque no murió en la finta, salió herido de un pistoletazo por su diestro contrincante. Apropiadamente llegó la autoridad y sin saberse por cuál causa, sólo el herido fue apresado. Ya en el calabozo, Gustav captó el doblez de todo el asunto: el caballero Hagaar había dispuesto todo para errar el tiro, hacerlo encarcelar y además de humillarlo, estarle  en deuda por su vida.

Como parece ser, las cosas malhadadas vienen juntas; ya para ese entonces en toda Europa y especialmente en Viena se vivía, un clima enrarecido con presagios de guerra. El gran imperio se debilitaba y no sabríamos si para su fortuna o desdicha, Gustav se vio envuelto en una guerra iniciada también, por un furtivo pistoletazo… Evadiendo juicio y castigo, cambió condena por tropa. Se alistó y helo aquí en esta inmunda trinchera del frente oriental, con una bayoneta al hombro: sin dormir,  mal comido, peor apertrechado y aterido de frío, esperando la orden de atacar al enemigo que a estas alturas ya no sabe si es gabacho: balcánico, hijo de Albión, otomano o de la puta madre, que para el caso da lo mismo y quien, desde la otra trinchera, bombardea día y noche despiadadamente.
Dos veces salió Gustav con su batallón, dos veces regresó malherido.  Finalmente, cuando una bayoneta le atravesó el pecho, tirado en aquel sangriento lodazal,  tuvo en un instante de aliento la visión de girar con una deliciosa criatura en un lejano baile, allá en su amada ciudad donde tan placenteramente vivió.

CCS, febrero 2012
Ilustración: Renoir

06 febrero, 2012

Piano bar



Es de noche -casi siempre sale al anochecer de la oficina- y estaba más agotada que nunca. Su agotamiento no era tanto físico como mental y moral. Deprimida, con ganas de tirar todo por la ventana. Tanto batallar para levantar su proyecto y ese viernes le habían dado la puntilla. Tendría que inventarse algo totalmente distinto para el marketing. De mala gana engavetó el papeleo y las presentaciones, en el archivero de intentos fallidos. Cerró la oficina y salió. En el ascensor se acicaló. Cuando llegó a la planta baja su furia se había aplacado.

Salió al lobby del edificio y luego a la calle. El frío de la noche la hizo percatar que no estaba suficientemente abrigada. Inspiró profundamente y echo a andar por la avenida iluminada, viendo la vitrinas. Sin darse cuenta, ya estaba alejada y con más frío. Vio el aviso luminoso de un piano-bar; unos tragos no me vendrán mal en estas circunstancias... Empujó la puerta. Cuando sus ojos se acostumbraron a la media luz y al humo que invadía el pequeño local, pudo ver que estaba poco concurrido. Unos cuantos hombres en la barra, una pareja de jóvenes en un mesita. Un lánguido blues, sonaba en la rockolla. En la barra se acomodó en una de las altas banquetas. El barman le da la bienvenida; ¿qué le sirvo?...Un martini seco.

Se lo fue bebiendo lentamente, como lentamente se puso a observar a los parroquianos que allí estaban. Tenían aspecto de gente de oficina –así como ella- de esas que se reúnen los viernes en la noche para tomarse algo, antes de llegar a casa. Este mal día, con la rabieta y la frustración que le ocasionó su fallido proyecto, rechazó todas las invitaciones y fue a recalar donde estaba ahora.

En verdad no le llamó mucho la atención el hombre que ahora entraba al lugar. Fue directamente a la esquina de la barra. Colocó el maletín en otro de los taburetes vacíos. Saludo al barman como si ya lo conociera de mucho tiempo y pidió un trago… Los intercambios de miradas llegaron a la segunda copa. Era un tipo de mediana edad, delgado y con una sonrisa franca. El tercer trago se lo brindó él. Así se lo hizo saber el barman cuando le sirvió. Le sonrió al momento que levantó la copa. Permanecieron en sus respectivos lugares un buen rato. Después, vino hacia ella. Sólo le dijo buenas noches. Dejó un sobre en frente, dio media vuelta y desapareció del lugar… Perpleja y curiosa abrió el sobre. Contenía mucho dinero y una tarjeta de presentación de un hotel. Por detrás las señas de la habitación y más nada. Se rió; ¡este tipo se equivocó conmigo! El gesto le pareció grotesco, pero no se enfadó. Pidió otro trago y algo para comer. Estuvo meditando qué hacer con ese sobre y si atender o no la inusual invitación; ¿qué tengo que perder? Agarró sobre y cartera, pagó y salió del local.

Caminó unas dos cuadras y llegó a la puerta de un viejo hotel, no muy lujoso pero con cierta clase. Entró muy decidida y fue directamente al ascensor. Cuando llegó al piso señalado y las puertas del elevador se abrieron, dudó en bajarse…Ya estoy aquí. ¿por qué no, qué me puede pasar? Salió al corredor buscó el numero señalado. Cuando golpeó a la puerta le abrió el mismo tipo, ataviado con un batín. Te estaba esperando. Ponte cómoda, ¿quieres una copa de champagne? ; ¡sí me encantaría!

Estaba en la pequeña sala de una suite. Se despojó de su chaqueta y su cartera. Intentó dar una explicación de lo acaecido pero él no se lo permitió. Brindaron. El hombre colocó música suave y se acomodaron en el sofá. Vengo esporádicamente a esta ciudad, por asuntos de negocios ; Yo trabj.... No la dejó continuar, puso un dedo sobre su boca y recorrió suavemente, los labios, los dientes. Cosas del destino, seguramente, le dijo. Bailaban y conversaban; aquí hay una equivocación. ¿Te parece?, no lo tomes a mal pero el fin es lo que cuenta.Con seguridad la aferró entre sus brazos. Comenzó a besarla y a desvestirla muy lento. Ella no opuso resistencia. Al quedar totalmente desnuda le pidió que bailara para él. Nuevamente llenó las copas y se sentó a observarla. Ahora le ordenaba; acaríciate, tócate… Al compás de la música hizo todo lo que quiso; ¡acércate, ven. Le roció el licor por los pezones y los lamió. El liquidó le corrió por el vientre y allí lo recogió su lengua. La reclinó en el sofá y se despojó del batín. Arrodillado al borde del mueble, sus manos se movían con sabiduría y agilidad. Roció el monte de venus con más champagne y bebió en esa copa. Con los sentidos extraviados, ella respondió a sus caricias.

Acunada en sus brazos, la llevó a la habitación iluminada sólo por la luz del velador. En el lecho, se puso debajo y le cedió el turno a ella. Totalmente laxo se entregó a la voluntad de la mujer. Ella lo sintió vibrar todo a través de su boca. Adelantándose a su espasmo lo cabalgó; una, dos, tres veces. Desmayada, reposó sobre su pecho. Quedaron largamente así, arrullados por el ritmo de sus respiraciones. Luego aún somnolienta, sintió que la volteaba y le mordía suavemente la espalda. La invadía por detrás. Intentó protestar, pero fue vencida. Entrelazados durmieron largamente...

Una suave claridad entró por el ventanal. Se incorporó. Su acompañante dormía profundamente; ¡ como todos los hombres satisfechos !... Para no despertarlo, en la salita se vistió lo más adecuadamente posible. Tomó sus pertenencias. Fue nuevamente a la habitación a echar una última mirada al dormido; ¡ni siquiera sé tu nombre!Puso el sobre con el dinero encima del velador y salió sin hacer ruido.

Caracas, Julio 2002
Ilustración: Viettriano

24 junio, 2011

Bajo la falda



¡Me molesta! ver a las mujeres en minifalda y con las tetas al aire, que no dejan nada a la imaginación. Una amiga, dice que las muestran porque no son de ellas. Quizá tenga razón… Me desagrada la franelita corta con las barriguita al aire. Tampoco me gustan las mujeres empantalonadas… No, no piensen que soy retrógrado, tradicional o gay. Por supuesto que mis panas jodedores no me lo dicen tan finamente; ellos dicen que soy un maricón que no se atreve a salir del closet...


No puedo ir contra mi naturaleza. Me gustan las mujeres tapadas, pero no por ello acepto, ni las monjas ni las musulmanas, aunque reconozco que tienen su morbo. Me refiero a mujeres mundanas, esas que vemos todos los días en la calle, en el trabajo, en el vecindario. Mis amigotes dicen que soy pendejo. No comprenden mis argumentos. Mis motivos tienen más que ver probablemente con alguna pulsión fetichista reprimida. Bien entendido, no le veo la gracia a que te metan por los ojos todo de una vez. ¡Se me asemeja a una vitrina de carnicería!
Y estoy harto de ver tetas idénticas unas a otras. No hay expectativas. Ya sabes con lo que te vas a encontrar… A los machos nos catalogan de visuales, pero de tanto ver tetas, culos y piernones, llega un momento que uno no le para –¡ni se me para!- y se busca otra cosa. Eso es lo que busco.


Me gusta adivinar, descubrir, imaginar. Qué habrá debajo de esa blusa con los primeros botones sueltos. ¿Las tendrá redondas o como aguacates? Cómo serán sus pezones, rosados, morenos. Las axilas, olorosas a recién bañada... Esas mangas largas, deben esconder unos brazos turgentes, de suave piel. ¿Tendrá lunares?... ¡Me excitan todos estos pensamientos! Y la falda a media pierna, qué puede esconder. ¿Usará liguero? ¿Con o sin pantaletas? ¿La tendrá afeitadita?… Es lo mismo que leer el menú del restaurante e imaginarse los platos. La falda larga, es lo máximo para mí. Cuando caminan –especialmente entaconadas- la falda se va amoldando a sus movimientos. Juega entre sus muslos. Entonces imagino que soy yo y no la tela quien va acariciándolos...


Por la calle ni me ocupo en ver las chicas exhibicionistas que pasan a mi lado. En cambio, cuando veo venir hacia mí una mujer en falda ya comienzo a elucubrar. Luego al pasar y contemplarla de espaldas me invade una cierta melancolía por no abordarla y meterme bajo su falda… ¡sólo pensarlo me eriza la piel!


Hay un mundo aparte bajo una falda ancha, donde quepo a mi placer: visión, sabores y olores distintos.... Para mí estar allí cobijado, equivale al paraíso. Veo, hurgo, saboreo a escondidas. Tiene un morbo entre sensual e ingenuo. Como cuando de pequeño me cubría totalmente con la sábana para masturbarme… Todas esas sensaciones se me vienen a la cabeza y trasciende el momento mágico, cuando me encuentro bajo una falda femenina.


Caracas, junio 2011

Ilustración sacada de la web.