Don Gregorio, un viejo cura de una pequeña y próspera ciudad, está a la espera de su sustituto. Ya son demasiados años de servicio y se hace justo y necesario su retiro. No sólo Don Gregorio está inquieto por la tardanza, las beatas del pueblo también. En definitiva solo saben que es un cura joven y que se llama Andrés Carballo. Don Gregorio, sí sabe todo lo que ha de saber; que estudió en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma y que viene recomendado por la Diócesis en una misiva.
Finalmente, llega el nuevo cura. Para su recibimiento y despedida de Don Gregorio, se organiza un modesto sarao, con la asistencia de las autoridades: Jefe civil, los ganaderos, la representación de la sociedad y por supuesto el grupo de beatas. Andrés Caraballo, es alto, con buen porte, de unos treinta años, voz grave, y por lo visto actualizado. Usa clergyman, en vez de sotana. Es decir, Don Andrés comenzó con buen pie su ejercicio eclesiástico. Se introdujo en los círculos sociales, reorganizó las funciones y horarios. Remozó dentro de las posibilidades, la escuela parroquial y la sacristía y supo manejar diestramente el grupo de desconfiadas beatas, asignándoles algunas tareas. Así, se gana a sus feligresía: ahora más hombres asisten a los oficios, porque no es igual confesarse con un hombre de sotana que con uno que viste pantalón tal como ellos. Sus esposas también notan la diferencia...
Don Andrés, se distingue en el púlpito, cuando canta con el coro de beatas, cuando juega béisbol con los muchachos y cuando asiste a alguna que otra invitación de las autoridades. Todo esto caló en la juventud. Nuevas chicas se integran al coro y mucho chicos fungen de monaguillos. Don Andrés, no percibió ese cambio, sino cuando sus monaguillos entraban en peleas por ayudar en las comuniones. Allí fue cuando él se percató del interés de los chicos, debido a que las damas asisten a los oficios con prominentes escotes que permiten ver sus bustos.
A partir de ese momento, él también se puso a distinguir las tetas de las comulgantes y retardar calmadamente el acto de impartir las hostias. Doña Encarnación, la esposa del Jefe civil, las tiene grandes. Felisa, la de la farmacia, redonditas y pequeñas. María Luisa, la maestra, usa una encantadora cadenita con un crucifijo que reposa entre ambas tetas. Mercedes, la cajera del auto mercado, se hizo un implante y ahora tiene un llamativo busto que no cabe en la estrecha blusa. Más, lo que terminó de saciar la curiosidad de Don Andrés, fueron una tetas morenas, con unos grandes pezones oscuros que se traslucen en su blusa. Esa es Josefina, la chica mulata que acompaña a la madre del Coronel Màrquez, jefe de la guarnición. A partir de ese descubrimiento, el cura no tiene paz ni sosiego. Espera con ansias y nervios los días de comunión. Deja para el final de la ceremonia a Josefina. Luego en las noches, sus sueños reviven una y otra vez esas deliciosas tetas, con sus morenos pezones. En sueños los lame, acaricia, aprieta. De nada le valen flagelaciones ni cilicios. Amanece bañado en sudor y empapado de sus segregaciones oníricas. Al cura no le quedó otro recurso que cambiar pantalones por sotana a fin de disimular sus erecciones.
Las damas, no ignoran los efectos que causan. Por el contrario coquetean; muestra cada vez más sus solemnes tetas y sonríen maliciosamente. El acercamiento se intensifica cuando Josefina se ofrece para asear la sacristía, una tarde por semana. En tales momentos, él cura observa con detenimiento desde su escribanía. Josefina, muestra al desgaire: pantorrillas, muslos y sus firmes nalgas Él intempestivamente sale de la habitación. En el lavatorio alivia su hombría antes que reviente. Se suceden las visitas. Esta vez Don Andrés se levanta, la toma del brazo y dice: arrodíllate. La cubre con su sotana y espera unos minutos. En éxtasis de pie gime y llora, mientras siente que le aprietan las nalgas, que unos labios se revuelven en su pubis y la succión que lo hace desfallecer. Cuando finaliza, Josefina sale de su escondite. Con la misma sotana se limpia la boca y masculla : hasta el viernes a la misma hora. Esa noche, el cura no concilia el sueño. Se debate entre sus convicciones, la culpa y sus instintos. Las tardes se suceden. En uno de esos encuentros Don Andrés la lanza contra el lecho. Finalmente tuvo esos pezones atormentadores en su boca. Recorre su vientre y sorbe sus jugos mientras trata con su mano de acallar los gemidos obscenidades y sacrilegios que ella profiere en su desvarío !Lame, ags, asi, Dios, ags, tu lengua, tu lengua, ags, Dios mío, divino! Luego la voltea y ella contra la almohada, ahoga un quejido cuando siente al hombre que cabalga sus nalgas y fieramente su fuego la penetra...
Por circunstancias de la vida, los encuentros se distancian. La madre del Coronel Márquez regresa a la capital y con ella Josefina. El cura conmovido, consternado, queda en su iglesia. El tiempo pasa, la rutina continúa, las comuniones siguen. Sólo cambia el panorama; las chicas del coro han crecido. Don Andrés nuevamente comienza a reconocer a sus comulgantes: estas son las tetas de Carmencita, estas son de Encarnación, estas de Angelita, pero no hay ninguna teta que tenga pezones oscuros.
Caracas, marzo 2025