10 enero, 2009

El pozo



Asunción tornaba de llevar el almuerzo a su marido allá en el campo, donde el hombre se deslomaba para sacar algo provechoso de la árida tierra. Acalorada, no pudo aguantar la curiosidad cuando vio el pozo de agua fresca y transparente, donde se reflejan las ramas de los árboles circundantes y un tenue rayo de sol... La hora calurosa era propicia para el refrescante baño. Increíble que nunca hubiese tomado por ese camino solitario; que nunca hubiese visto esa maravilla…

Bajó el corto terraplén que le permitía llegar a la orilla. No aguantó la tentación; colocó la canasta vacía sobre una roca. Se despojó de su camisón floreado y desnudita, de a poco, fue entrando en el pozo. La piel se le erizó como carne de gallina; que rico era chapotear en el agua fresca, que le recorriera los muslos, la cadera, los pechos. Sentía sus pies escarbar en el légamo. Tan placentera sensación la hizo canturrear. Un sapo, saltó del agua a una roca y comenzó a croar. Asunción se carcajeó; siguió canturreando y el sapo parecía responderle. De pronto, sopló una fuerte brisa. Cayeron hojas de los árboles y se esparcieron sobre la superficie del agua agitadas por un remolino. Asustada, cruzó sus brazos para contrarrestar el escalofrío y salió rápidamente hacia la orilla. No llegó a colocarse el camisón. El sapo se le puso enfrente. Comenzó a croar durísimo y a inflarse. Un sopor invadió el ambiente... Lo único que se escuchaba era el croar de la bestia que crecía y crecía. El sapo transformándose hasta adquirir conformación humana se le abalanzó. Los gritos de Asunción no se escuchaban, no por que no los emitiera fuerte, sino porque ella misma no se oía. Sólo cuando estuvo saciado, el hombre-batracio la dejó allí tirada: extenuada, lastimada, aterrorizada, como para no verlo evaporarse.

Cuando finalmente llorosa logra ponerse el camisón y sus chanclas; recoge su canasta. Sube por el terraplén y ve una tabla clavada a un árbol, que a manera de cartel y en letras mal definidas señala: Pozo del hechicero.


Caracas, enero 2009

22 noviembre, 2008

Una tarjeta de presentación



Diga, habla Armando ¿quién llama?. El auricular devolvió una voz femenina que dijo: por los momentos prefiero mantenerme de incógnito. Como guste, respondió Armando. Obtuve su tarjeta fortuitamente y me arriesgué a llamarlo. ¿Le molesta? Bueno, no es lo acostumbrado. Siempre me refieren mis clientes. Soy una clienta en potencia y me gustaría conocer más detalladamente sus servicios y tarifas. Verá usted, soy un chico sano y de muy buen físico. Instruido, puedo mantener una agradable conversación. Me visto elegantemente; tengo vehículo y apartamento propio. ¡Ah que bien!, dijo ella. No sé si ya conoce de mis habilidades. ¡No, en verdad no mucho! Entonces déjeme decirle que no tengo ningún tipo de prurito ni inhibiciones sexuales. Atiendo todas las peticiones: mujeres solas, parejas de todo tipo, tríos, hombres. Eso si gente mayor de edad; nada de fotografías ni videos y mucho menos drogas que irían contra mi físico y salud; además para evitar complicaciones legales.

¿Y se alquila usted por horas, toda una noche, un día completo y fines de semana? Si tengo disposición. Hay que consultar mi agenda y ponernos de acuerdo. Puedo actuar como acompañante y llevarla a cenar, a un teatro o cine. Yo la recogería en mi BMW para que no tenga usted que manejar. Si desea prolongar mis atenciones, podemos pernoctar en mi apartamento. Me parece bien. ¿Estaría usted disponible para el próximo miércoles en la noche? Deje ver mi agenda. Sí, efectivamente estaré libre. ¿Desea usted que pase a recogerla? Mejor no, encontrémonos en un restaurante, a eso de las 21, ¿le parece ?. Por favor tome las señas. Iré de traje colorido, chaqueta negra y una orquídea de corsage. Bien, muy bien dijo Armando. Nos vemos y en caso de cualquier inconveniente que se presente, por favor llame a mi teléfono móvil.

Así comenzó toda la aventura de Magaly. Se preparó y un poco antes de la hora señalada de ese miércoles, ya ocupaba una pequeña mesa en un restaurante francés en las afueras de la ciudad. Armando llegó puntual. Elegantemente vestido pero sin afectación. Llevaba una rosa en la mano. No tuvo problemas en localizarla. Al momento de las presentaciones le dijiste tu nombre: soy Magaly. El muy galante te beso la mano y te entregó la rosa. Siéntese por favor. Luego las cosas transcurrieron como transcurren en los restaurantes: los atendió el maitre: bebieron un aperitivo, cena acompañada de vino francés, el postre y el pousse-café. Verá Armando, soy casada y no tengo mayores ocupaciones, aparte de mis actividades benéficas. Mi marido es un empresario muy exitoso. Yo estoy por terminar mi carrera y aunque me gradúe no pienso dejar mi negocio. Claro, hasta que la edad y la demanda me retiren de circulación, dijo chistoso.

La velada transcurrió deliciosamente. Ya se tuteaban como viejos amigos. Al momento de pagar, Armando fue muy galante y dijo: por ser nuestro primer encuentro esta noche va por mi cuenta. Se despidieron y cada quien tomó por su vía. Quedaste maravillada con Armando. Uno de esos hombres que sin ser un galán de telenovela, es varonil y encantador. ¡Eso es lo que tiene, charme! Si es estudiado lo aprendió muy bien. ¡Conoce su oficio el tipo! Creo que valdrá la pena pagar esas altísimas tarifas...

El segundo encuentro se extendió como era de esperarse. Luego de ir a cenar y bailar a un lugar de moda, Armando te llevó a su garconier, en un elegante condominio. Ponte cómoda dijo, mientras servía unos tragos. En el lecho demostró el dominio de su oficio. Definitivamente Armando aparte de estar bien dotado, sabía cómo hacer disfrutar a su pareja. Es de esos amantes que procuran el placer del otro. Armando es muy sensual. ¡Un amante de verdad!, sin complicaciones sentimentales, pensaste. Y qué si le pago, total tanto dinero malgastado. ¡Este será el mejor invertido! Al amanecer tomaste tus ropas, y calladamente -mientras él aún dormía – antes de salir, colocaste el cheque correspondiente y una nota en la mesita de noche:

Querido Armando,
Gracias por tan deliciosa noche. En verdad necesitaba reencontrarme con la mujer que fui y que con tu desempeño supiste despertar.
Te llamaré próximamente.

Magaly

Pd: Tu tarjeta de presentación la obtuve hurgando en la cartera de mi marido.

Caracas, 2000
Ilustración: Vettriano

21 octubre, 2008

La niña Quina y su azaroza circunstancia



Folletín en doce capítulos, que puedes leer a continuación:


Caracas, enero 2006

1 La increíble y triste historia de...

Joaquina anda rodando por esos mundos de Dios, desde hace tiempo. Es una chica decidida para su edad. Tanto que primero optó por salir de su Boconó natal, abandonar los páramos para irse a la capital del estado en busca de mejor vida. Pero en unos meses, Trujillo le quedó chico y alzó vuelo para la capital de verdad y aquí está en Caracas, sin tener muy claro qué hacer y con su escasa experiencia laboral a cuestas: unos mese de secretaria de una empresa constructora -allá en los Andes después que terminó su bachillerato comercial- y un curso básico de computación que tomaba en las noches, haciendo un supremo esfuerzo por pagárselo y por aprobarlo. Provenir de una familia andina patriarcal y jerárquica, en donde las decisiones están supeditadas al parecer de la familia, luego al de la comunidad y en última instancia al que deberá tomarlas, no amilana a Joaquina Briceño -blanca, regordeta, pelo negro como crin de caballo, ojillos vivaces, tetona y de boca carnosa - todo empacado en sus veintidos años. Su temple recio le viene por esa casta de personas honradas y trabajadoras, sabedoras de hacer las cosas como se deben hacer. De allí Joaquina tomó su entereza para superar todos los obstáculos. Mayormente el de la pobreza. Desde niña se enfrentó a su Padre -estuvo meses sin hablarle- hasta que le permitió inscribirse para continuar sus estudios de secundaria en el único liceo existente. Luego, compitió con su compañeras de cuarto, en la pensión en Trujillo, para obtener el mísero carguito de secretaria que detentaba hasta el momento de su evasión.

Eran pasadas las diez de la noche cuando tocó a la puerta. Tuvo que esperar unos minutos, hasta que alguien soñoliento se asomara por una pequeña ventana, a efectuar la pregunta de rigor: ¿Quién es, a estas horas? Soy Joaquina Briceño, don Ramón. La hija de su compadre Eustaquio. ¡Mijita y que haces usted aquí! ¿Le pasó algo a mi compadre? Abrame, luego le cuento. Así fue como la fugitiva entró a vivir donde la familia Ramírez; venida desde el mismo pueblo, por los mismos motivos y las mismas penurias. La hospitalidad de la familia Ramírez no estuvo despejada de reticencias, por aquello de que: ¡Que pensará su Papá de usted, Joaquina! cuando se enteraron que te viniste sin permiso y engañando a todos. El día que decidió iniciar su aventura, salió para sus clases como todas las mañanas, con sus poquísimas pertenencias en el morral del liceo. Desayuné, me despidí de todos y especialmente abrazé y pedí la bendición a mi Papá. A media mañana ya estaba embarcada en el autobús que me llevó a Trujillo y de allí en adelante, no paré hasta hacer unos cobres y venirme para Caracas. Así fue la cosa, don Ramón ya estoy aquí. No se preocupe que mañana mismo me pongo a buscar trabajo.

continúa...

2 Temporada de ángeles.

La comadre Teotiste ya está en el fogón preparando las arepas y colando café, cuando Joaquina se levanta. Bendición madrina, fue su saludo. ¿Dígame mijita, como están todos por allá? Ambas mujeres conversaron brevemente. La recién llegada informó de algunas de las cosas que la trajeron hasta la gran ciudad. La buena de doña Teotiste, le ofreció cobijo hasta tanto se le enderezaran sus asuntos. Al momento se presentó Otilio, quien miró a la muchacha con ojos inquisitivos. Es Joaquina, la hija del compadre Eustaquio. ¿Usted no la recuerda? dijo la madre. Un breve buenos días, fue todo lo que recibió de bienvenida. Un bullicio infantil llenó la cocina: ésta es Isabel, ésta María y Asunción la más pequeña, dijo la oronda madre. Tras un rápido desayuno, toda la familia se desperdigó por la ciudad en pos de sus quehaceres. Joaquina, no sin antes anotar en un papel la dirección y teléfono de donde se encontraba, se aventuró por las callejas de La pastora –así decía el papel que apretaba en su puño- con rumbo desconocido. En el primer quiosco que encontró compró el periódico del día para ojear los avisos económicos.

Caminando llegó hasta la avenida Baralt. Vio las vitrinas; se aturdió con el bullicio del tránsito, sorteó el paso entre los buhoneros y pensó: ¡Nunca me había imaginado que la capital fuera así de fea! Se detuvo en una farmacia donde vio un aviso: Se solicita ayudante. Entró y salió desilusionada. No cumplía los requerimientos para el puesto. A media mañana y cansada de deambular, se detuvo en una panadería a tomar un refresco. El dueño, un portugués canoso, macizo y rubicundo, inmediatamente le buscó conversación. Así se enteró que Joaquina buscaba ocupación. Para su buena suerte, Joao que así se llama el portugués, le dijo que su paisano Luis tiene una cafetería-arepera y anda buscando una persona para ayudar en las mesas. Entregó las señas a Joaquina y esta se dirigió al lugar indicado. Preguntando, aquí y allá llegó a la cafetería "Las más sabrosas arepas", un lugar amplio, con grandes ventanales que dan a la vía: hay seis mesas, colocadas estratégicamente y un largo mostrador donde se exhibe gran variedad de platos. Detrás de ese mostrador se encontraba Luis. Después de conversar, Joaquina quedó contratada como mesonera. Comienzas mañana mismo, le dijo el dueño. Llegó con la buena nueva a la casa. Esa tarde, conversó con Otilio. Los recuerdos de la infancia común mellaron cualquier desconfianza entre ellos. Pasaron las semanas y Joaquina estaba adaptada, a gusto en su trabajo y feliz en el pequeñísimo cuarto que los Ramírez habían acondicionado para ella.

Uno de esos fines de semana libre, Otilio la invitó al cine y a partir de allí ambos jóvenes se fueron acercado más el uno al otro. El chico era de buen corazón y sanos principios. Aunque había tenido menos oportunidades de estudio que Joaquina, era despierto, cortés y considerado. Eso le agradó a la muchacha que le fue tomando más confianza. Salían o compartían de noche hasta tarde, viendo algún programa de televisión. En una de las tantas noches que se quedaron solos sentados en el sofá de la salita, disfrutando una película, Otilio le confesó que le gustaba y la beso. El joven, se puso de rodillas ante la mujer y suavemente posó sus manos en los muslos de Joaquina, que lo dejaba actuar. Los acariciaba y besaba ardorosamente. Las manos continuaron el recorrido hasta llegar a la entrepierna. Recostada y anhelante no opuso resistencia; al contrario ayudó a deshacerse de su ropa interior. Otilio con suavidad separó las piernas de la chica y zambulló su cabeza en el torno de los muslos de su compañera. Joaquina temblorosa, asustada e inquieta, sintió los labios del hombre que se unían a los de su vulva. La lengua saboreante, recorría succionaba y relamía al punto que hizo gemir a Joaquina y acallar un gutural quejido placentero. Otilio quiso ir más allá penetrando con su lengua, pero halló un impedimento. Se detuvo, se incorporó y preguntó; ¿Eres vírgen? Si, respondió ruborizada.

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3 El paraíso en la otra esquina.

Es un cuarto de hotelucho como cualquier otro en las inmediaciones de Quinta Crespo, destartalado pero limpio. Ella ahora ya no está asustada. Otilio la hace sentir segura. Además ya se conocen. Son varias las veces que en el cine, sentados en las últimas butacas, Otilio le chupa los pezones y hurga en su entrepierna. Ella acuna su verga, la lame -Otilio le enseñó- la recorre con toda su lengua, lo besa y aprieta con sus dedos. Antes que eyacule, se le monta con las piernas abiertas, dándole la espalda. Otilio la abraza, le aprieta las nalgas, la maneja, la hace subir y bajar a su ritmo y antojo. Ahora la novedad es el cuarto de hotel, donde nunca ha estado. Ahora la novedad es la luz, la desnudez, tendidos en la cama. Los detalles del cuerpo: las sinuosidades, las concavidades, las planicies, los colores del vello púbico, su textura. La piel blanca, los labios carnosos y succionadores. Ahora, son los cambios de posición. Los olores y sabores de la crica, los del bálano. El sonido de los quejidos, las risas -ya no hay porque acallarlas- las palabras que se dicen, las que se dejan de decir, aquellas que no se completan: te amo, te am, te …

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