21 octubre, 2008

La niña Quina y su azaroza circunstancia



Folletín en doce capítulos, que puedes leer a continuación:


Caracas, enero 2006

1 La increíble y triste historia de...

Joaquina anda rodando por esos mundos de Dios, desde hace tiempo. Es una chica decidida para su edad. Tanto que primero optó por salir de su Boconó natal, abandonar los páramos para irse a la capital del estado en busca de mejor vida. Pero en unos meses, Trujillo le quedó chico y alzó vuelo para la capital de verdad y aquí está en Caracas, sin tener muy claro qué hacer y con su escasa experiencia laboral a cuestas: unos mese de secretaria de una empresa constructora -allá en los Andes después que terminó su bachillerato comercial- y un curso básico de computación que tomaba en las noches, haciendo un supremo esfuerzo por pagárselo y por aprobarlo. Provenir de una familia andina patriarcal y jerárquica, en donde las decisiones están supeditadas al parecer de la familia, luego al de la comunidad y en última instancia al que deberá tomarlas, no amilana a Joaquina Briceño -blanca, regordeta, pelo negro como crin de caballo, ojillos vivaces, tetona y de boca carnosa - todo empacado en sus veintidos años. Su temple recio le viene por esa casta de personas honradas y trabajadoras, sabedoras de hacer las cosas como se deben hacer. De allí Joaquina tomó su entereza para superar todos los obstáculos. Mayormente el de la pobreza. Desde niña se enfrentó a su Padre -estuvo meses sin hablarle- hasta que le permitió inscribirse para continuar sus estudios de secundaria en el único liceo existente. Luego, compitió con su compañeras de cuarto, en la pensión en Trujillo, para obtener el mísero carguito de secretaria que detentaba hasta el momento de su evasión.

Eran pasadas las diez de la noche cuando tocó a la puerta. Tuvo que esperar unos minutos, hasta que alguien soñoliento se asomara por una pequeña ventana, a efectuar la pregunta de rigor: ¿Quién es, a estas horas? Soy Joaquina Briceño, don Ramón. La hija de su compadre Eustaquio. ¡Mijita y que haces usted aquí! ¿Le pasó algo a mi compadre? Abrame, luego le cuento. Así fue como la fugitiva entró a vivir donde la familia Ramírez; venida desde el mismo pueblo, por los mismos motivos y las mismas penurias. La hospitalidad de la familia Ramírez no estuvo despejada de reticencias, por aquello de que: ¡Que pensará su Papá de usted, Joaquina! cuando se enteraron que te viniste sin permiso y engañando a todos. El día que decidió iniciar su aventura, salió para sus clases como todas las mañanas, con sus poquísimas pertenencias en el morral del liceo. Desayuné, me despidí de todos y especialmente abrazé y pedí la bendición a mi Papá. A media mañana ya estaba embarcada en el autobús que me llevó a Trujillo y de allí en adelante, no paré hasta hacer unos cobres y venirme para Caracas. Así fue la cosa, don Ramón ya estoy aquí. No se preocupe que mañana mismo me pongo a buscar trabajo.

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2 Temporada de ángeles.

La comadre Teotiste ya está en el fogón preparando las arepas y colando café, cuando Joaquina se levanta. Bendición madrina, fue su saludo. ¿Dígame mijita, como están todos por allá? Ambas mujeres conversaron brevemente. La recién llegada informó de algunas de las cosas que la trajeron hasta la gran ciudad. La buena de doña Teotiste, le ofreció cobijo hasta tanto se le enderezaran sus asuntos. Al momento se presentó Otilio, quien miró a la muchacha con ojos inquisitivos. Es Joaquina, la hija del compadre Eustaquio. ¿Usted no la recuerda? dijo la madre. Un breve buenos días, fue todo lo que recibió de bienvenida. Un bullicio infantil llenó la cocina: ésta es Isabel, ésta María y Asunción la más pequeña, dijo la oronda madre. Tras un rápido desayuno, toda la familia se desperdigó por la ciudad en pos de sus quehaceres. Joaquina, no sin antes anotar en un papel la dirección y teléfono de donde se encontraba, se aventuró por las callejas de La pastora –así decía el papel que apretaba en su puño- con rumbo desconocido. En el primer quiosco que encontró compró el periódico del día para ojear los avisos económicos.

Caminando llegó hasta la avenida Baralt. Vio las vitrinas; se aturdió con el bullicio del tránsito, sorteó el paso entre los buhoneros y pensó: ¡Nunca me había imaginado que la capital fuera así de fea! Se detuvo en una farmacia donde vio un aviso: Se solicita ayudante. Entró y salió desilusionada. No cumplía los requerimientos para el puesto. A media mañana y cansada de deambular, se detuvo en una panadería a tomar un refresco. El dueño, un portugués canoso, macizo y rubicundo, inmediatamente le buscó conversación. Así se enteró que Joaquina buscaba ocupación. Para su buena suerte, Joao que así se llama el portugués, le dijo que su paisano Luis tiene una cafetería-arepera y anda buscando una persona para ayudar en las mesas. Entregó las señas a Joaquina y esta se dirigió al lugar indicado. Preguntando, aquí y allá llegó a la cafetería "Las más sabrosas arepas", un lugar amplio, con grandes ventanales que dan a la vía: hay seis mesas, colocadas estratégicamente y un largo mostrador donde se exhibe gran variedad de platos. Detrás de ese mostrador se encontraba Luis. Después de conversar, Joaquina quedó contratada como mesonera. Comienzas mañana mismo, le dijo el dueño. Llegó con la buena nueva a la casa. Esa tarde, conversó con Otilio. Los recuerdos de la infancia común mellaron cualquier desconfianza entre ellos. Pasaron las semanas y Joaquina estaba adaptada, a gusto en su trabajo y feliz en el pequeñísimo cuarto que los Ramírez habían acondicionado para ella.

Uno de esos fines de semana libre, Otilio la invitó al cine y a partir de allí ambos jóvenes se fueron acercado más el uno al otro. El chico era de buen corazón y sanos principios. Aunque había tenido menos oportunidades de estudio que Joaquina, era despierto, cortés y considerado. Eso le agradó a la muchacha que le fue tomando más confianza. Salían o compartían de noche hasta tarde, viendo algún programa de televisión. En una de las tantas noches que se quedaron solos sentados en el sofá de la salita, disfrutando una película, Otilio le confesó que le gustaba y la beso. El joven, se puso de rodillas ante la mujer y suavemente posó sus manos en los muslos de Joaquina, que lo dejaba actuar. Los acariciaba y besaba ardorosamente. Las manos continuaron el recorrido hasta llegar a la entrepierna. Recostada y anhelante no opuso resistencia; al contrario ayudó a deshacerse de su ropa interior. Otilio con suavidad separó las piernas de la chica y zambulló su cabeza en el torno de los muslos de su compañera. Joaquina temblorosa, asustada e inquieta, sintió los labios del hombre que se unían a los de su vulva. La lengua saboreante, recorría succionaba y relamía al punto que hizo gemir a Joaquina y acallar un gutural quejido placentero. Otilio quiso ir más allá penetrando con su lengua, pero halló un impedimento. Se detuvo, se incorporó y preguntó; ¿Eres vírgen? Si, respondió ruborizada.

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3 El paraíso en la otra esquina.

Es un cuarto de hotelucho como cualquier otro en las inmediaciones de Quinta Crespo, destartalado pero limpio. Ella ahora ya no está asustada. Otilio la hace sentir segura. Además ya se conocen. Son varias las veces que en el cine, sentados en las últimas butacas, Otilio le chupa los pezones y hurga en su entrepierna. Ella acuna su verga, la lame -Otilio le enseñó- la recorre con toda su lengua, lo besa y aprieta con sus dedos. Antes que eyacule, se le monta con las piernas abiertas, dándole la espalda. Otilio la abraza, le aprieta las nalgas, la maneja, la hace subir y bajar a su ritmo y antojo. Ahora la novedad es el cuarto de hotel, donde nunca ha estado. Ahora la novedad es la luz, la desnudez, tendidos en la cama. Los detalles del cuerpo: las sinuosidades, las concavidades, las planicies, los colores del vello púbico, su textura. La piel blanca, los labios carnosos y succionadores. Ahora, son los cambios de posición. Los olores y sabores de la crica, los del bálano. El sonido de los quejidos, las risas -ya no hay porque acallarlas- las palabras que se dicen, las que se dejan de decir, aquellas que no se completan: te amo, te am, te …

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4 El túnel.

Demasiado rápido pasó el tiempo y los acontecimientos para Joaquina. Su tesón la hizo adaptarse obligatoriamente a todo: al trabajo, al amor, a la dureza de la vida. En la cafetería cada día se hacía mas eficiente y necesaria. Llegó a encargarse del negocio cuando Luis el dueño, por alguna causa tenía que ausentarse del mismo. Maneja los empleados que se ocupan de la cocina y también asume -eventualmente- el control de la caja. Llegó a contratar otra chica llamada Hermelinda, para que la ayudara con el trabajo de mesera en las horas pico. Yo sola no puedo con todo, le dijo a Luis.

Precisamente estando detrás del mostrador ocupada en ordenar vasos y platos, Luis -de negro bigote, bien plantado y musculoso- le hizo una propuesta amorosa que ella, pensando en su Otilio rechazó de plano. ¡Ni lo sueñes!, le dijo. Pero las cosas no se quedaron allí. Luis continua soñando, insiste y presiona, hasta que una tarde pasado el alboroto de los almuerzos -cuando estaban haciendo cuentas- la agarró desprevenida. Se le arrimó por detrás y comenzó a acariciarle las nalgas. Joaquina, Joaquina ¡voce é muito gostosa! le dice, mientras la acaricia y besa el cuello. Forcejearon; batalló aprisionada por sus fuertes brazos y todo fue en vano. La apoyó contra el mostrador, los vasos se estrellaron contra el piso. Le subió la falda y bajó la pantaleta. ¡No, déjame! decía, pero no la escuchaba. Ya Luis tenía su mástil en ristre y arremetía por detrás contra la concha jugosa de Joaquina. ¿A que negar que te rendiste? Los movimientos acompasados te delatan, indican que si, que si, que te gusta. La turgente verga te ocupa toda ¡Dame, dame, así! le pide y él complaciente, acelera con ritmo desenfrenado y respiración entrecortada, ¡hag, hag, hag! Las bocas se buscan, las lenguas se entrelazan. Los recorre un temblor. Un fogonazo sube por la columna vertebral de Joaquina. Cae rendida, sudorosa y boca abajo sobre el mostrador, soportando el peso de Luis que reposa sobre sus espaldas. Tras la puerta de la cocina se escuchó la risita de Hermelinda.

Esa tarde le pedió a Otilio que no pasara a recogerla. Prefirió caminar la avenida Baralt a pesar del congestionamiento. Se desvió hasta la Plaza O´leary, allí acomodada en un banco trató de aclarar sus ideas. ¡Tan abusador!, pero no puedo negar que me gustó. ¡Ese portu está bien bueno y tiene una tremenda maza! jajaja... La de Otilio es más chiquita. Sabrosa, pero más chiquita. ¿O será que la creí sabrosa porque no había probado otra? Con tal no se entere Otilio. ¡Que no se me note que acabo de tirar con el portugués! Diosito, que no se dé cuenta ! ¿y eso se notará? Buenas noches, doña Teotiste. No dijo más y pasó de largo a la habitación. La llamaron a comer y se excusó: Gracias, ya comí en la arepera. Otlio mijito, vaya a ver que le pasa a esa muchacha. Nada, nada Oti, estoy cansada y me duele la cabeza. Pero algo te pasó que lloraste. No te levantaste al día siguiente. No fuiste al trabajo, ni ese ni el otro día. Cuando doña Teotiste le preguntó, mintió: Me botaron, respondió secamente. Tengo que buscar otro trabajo.

Por intermedio de una agencia de empleos, consiguió un puesto de cuidadora de una niña rica, por allá lejísimos en La Lagunita. ¡Si viera lo que me costó llegar, doña Teotiste! Sí, es para dormir adentro y todo. Saldré cada quince días un fin de semana completo y además me pagarán bien. ¡Pues nos veremos cada quince días Oti! ¿Que más podemos hacer? Así comenzó a cuidar a Gracielita, la hija menor de los Mendizales. Bueno no tanto a cuidarla, la niña pasa casi todo el día en el colegio, pero debe atenderla cuando llega: tener el baño preparado, acomodar su ropa, darle la merienda, recoger su habitación y todas esas cosas. Me dicen la asistenta de la niña Graciela. Sí, esta primera semana en casa de los Mendizales, me gustó. La muchachita es llevadera y el resto de la servidumbre son amables y buena gente. Duermo en las dependencias del servicio. Me acomodaron en una cama litera, con otra chica que se encarga de la limpieza. Todo esto le contaba a su novio, ese viernes en la tarde cuando la fue a buscar. Vamos a escaparnos, le dijo él ¡Te tengo muchas ganas! y yo a ti...Recalaron en un motel en El Hatillo. Otilio parsimonioso como siempre, la fue desvistiendo mientras la besaba y ella respondía a sus besos. Se tendieron desnudos en la cama. Otilio prendió el televisor y había una película porno para ver. Yo quiero que me hagas eso, le dijo. La volteó, apartó las gordas nalgas y su lengua comenzó a hurgar en su ano. No dejaba de ver la televisión. Me van a hacer lo mismo que a ella, pensó. Efectivamente, colocó unas almohadas debajo del vientre de la mujer, luego ensalivó su mentula e hizo el primer intento de penetración. Joaquina se quejó. ¡Tranquila, aflójate!, le aconsejó. No le dio más tregua, se medio incorporó y de un solo aventón entró en el cerrado canal. Ella chilló. No se movieron por unos minutos. Otilio la beso y luego comenzó a moverse lentamente. Ahora ambos se mecían. Joaquina imitaba lo que veía en la televisión. Comenzó a disfrutarlo. ¡Móntame, móntame! le suplicaba desesperadamente. La complació, sus movimientos se hicieron más rudos, sudaba, gemía. Joaquina sintió al hombre temblar encima de ella, luego una tibieza la inundó por dentro.

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5 Tantas veces Pedro.

La vida transcurría tranquilamente para Joaquina. Su nombre fue modificado por la niña Graciela que apelaba al diminutivo Quina y todos la llaman así en la mansión. Sus deberes no eran agotadores. Hasta ayudaba a hacer algunas tareas del colegio a la niña Gracielita, en la computadora y le quedaba tiempo libre, cuando la niña salía con su madre. Ese tiempo supo aprovecharlo Quina. Como nadie la supervisaba -salvo la señora- debido a la deferencia que la familia le tenía. Aprovechó una salida de todos y se arriesgó a encender el computador. Tenía unas tres horas libres, así que se puso a navegar por Internet. En eso estaba, cuando apareció la llamada de un usuario por el chat: Hola querida, ¿como estás?. ¿Que hacer, responder o apagar inmediatamente?. Respondió. De allí en adelante conoció a Pedro, que por lo visto chateaba con la señora Mendizales y eran íntimos amigos. A veces, con mucho susto se arriesgaba para conversar con él. Pedro no notaba mayores cambios en su interlocutora. Era abogado -o al menos eso dedujo- y ella seguía siendo la señora Mendizales, la que lo divertía, lo seducía, lo erotizaba. Hasta que en una ocasión la verdadera señora la pescó infraganti. La despidieron inmediatamente. Ella y la niña Gracielita lloraron al momento de la partida, pero no hubo marcha atrás.

Volvió a la casa de La Pastora. Cuando se podía sustraer de la vigilancia de Otilio, entraba a cualquier ciber-café a chatear con Pedro. Le contó todo lo ocurrido. El se divirtió con su travesura y le señaló que deseaba conocerla. Se citaron en un café por los Palos Grandes. Pedro, en cuerpo entero se llama Pedro Luis Fernández es joven, delgado y alto. Está recién graduado y ella lo percibió llano, desinhibido y simpático. Por otra parte, Quina supo ganárselo, contando francamente toda sus peripecias y situación donde los Mendizales. Continuaron su amistad por Internet. Otras veces se encontraron en un café, o en un cine, hasta que Pedro abiertamente le dijo que le gustaba. Resolvieron el asunto en un motel de la Panamericana. Pedro resultó bueno en la cama, pero no tan delicado como Otilio. Ella desplegó todos sus conocimientos amatorios y para ambos fue un encuentro grato, placentero sin mayores compromisos.

Como continuaba sin encontrar trabajo, recurrió a su amigo. Pedro se comprometió a buscarle alguna salida al asunto. Pasado unos días, chatearon nuevamente y la citó para proponerle algo. Pedro le explicó que él y sus colegas del bufete tenían un lujoso apartamento en La Trinidad, que compartían entre todos para sus encuentros amatorios. Ella viviría allí ocuparía las dependencias de servicio y se encargaría de tener todo a punto: limpio, arreglado y la nevera llena para cuando alguno de ellos requiriera utilizar el piso; también el pago de los recibos de servicios. Eso si, mucha discreción. ¿Cómo rechazar la oferta si tus necesidades existenciales son apremiantes? ¡Acépto!,dijo Quina y se mudó al día siguiente, no sin antes contar a doña Teotiste y a Otlio que sería la dama de compañía de una señora anciana, que requería cuidados. A partir de este momento, Quina comenzó a girar mensualmente dinero a sus padres e ir cada vez menos a la casita de La Pastora. También a partir de ese momento, Pedro a veces iba al apartamento y se acostaban. Eran felices, ambos se disfrutaban sin inconvenientes. A veces antes de comenzar sus encuentros, Pedro fumaba yerba y le enseñó a fumarla. Entonces se sentía libre y cometía todas la locuras que se le ocurrían a Pedro: átame a la cama, métetelo en la boca, mastúrbame con tus pies. ¡Y a ella, que no le hacía!, nunca había imaginado disfrutar así, con tantas cosas que Pedro traía y le enseñaba a usar: ponte esto, pásatelo por aquí, por detrás, por delante, métete esto, bañémonos juntos. ¿Tienes hambre, Pedro? espera ya preparo algo.

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