14 marzo, 2008

Coincidencias



Comenzó ese trabajo por puro compromiso. Una amiga le pidió el favor y ella no tuvo mayores inconvenientes. Así fue al principio. Ahora tal como se presentan las cosas con su marido en cama, considera que su decisión no fue tan desacertada. Pasó meses atendiendo llamadas. Le causan desagrado y repulsa algunos interlocutores soeces. En cambio hay otras llamadas que reflejan la inmensa soledad de muchos...

El llamaba dos veces por semana. Para ella la comunicación es tan completa, que siente aprehensión cuando se acerca el momento de escuchar su voz. A veces lo nota cansado, otras nostálgico; le comunica todas sus frustraciones y sentimientos. Ella le dice cosas que no se atreve confesar a su marido: bésame, acaríciame, penétrame. Llegó un momento en que quiso conocerlo personalmente, a sabiendas que eso podía costarle el puesto. Sentía un lejano dejo conocido en la cadencia de esa voz. El sorprendido se cohibió y la cita nunca fue concertada.

De pronto sus llamadas cesaron. No supo a quién acudir ni dónde localizarlo. Como todas las malas rachas vienen en avalancha, su marido también se agravó y murió por esos días...


Caracas, febrero 2000
Ilustración: Juarez Machado.

14 febrero, 2008

Si me abrazas...



"La vuelta al mundo para abrazarte por la espalda." J. Porcupine.

Tómame desprevenida por la espalda. Que tus brazos se ajusten a mi cintura. Constríñeme; yo aprovecharé de cerrar la tierna tenaza con los míos. Pégate mucho a mi. Huele mi pelo. Posa tu cabeza en mi espalda. Besa mi nuca, mis hombros... Sentiré tu hombría que comienza a abultarse al frotar mis nalgas. Comenzaremos un lento balanceo, acompañado de susurros. Las palabras amorosas no se harán esperar. Libero tus brazos para que tus manos acaricien mis pechos. Siempre prolongando la posición inicial. Ahora , con la cabeza hacia atrás, me apoyo en tu hombro y te beso. Mis dedos hurgan, tus cabellos, acaricien tu nuca, tus orejas. Juntas las bocas, las lenguas se entrelazan. Mi grupa se afirma, tal como tu bálano ya dispuesto para acciones más decisorias...

Si me abrazas,

que sea con este abrazo totalizador: sorpresivo, protector, lujurioso, dominante, seduciente... Que dice todas esas cosas a la vez. Que no se ofrece a diario ni a cualquiera. Que no es como el abrazo formal, que se dan los amigos ni las familias. Que no va a acompañado de la inocencia del abrazo filial. Que otorga intimidad y que me concede, cuando me gires enlazados frente a frente, extasiarme en tu rostro erotizado...


Si me abrazas, que sea así....


Caracas, febrero 2008
Ilustración sacada de la web.

03 febrero, 2008

Veneciano



El encuentro ya estaba pautado en la Corte del Diavolo. Desde el carnivale anterior no se habían visto: una postal, unas líneas, una llamada breve. No hacía falta más para concurrir a aquella cita...

Andaba extraviada en las callejuelas y pequeñas plazoletas; sin conocer el idioma, cuando se lo lo topó de frente. No le vio el rostro resguardado tras la máscara. Sólo los ojos se comunicaron. El leyó su desesperación, ella el cobijo. ¿Posso?, le dijo. ¡Venite! y se dejó llevar. Pasaron el resto de la noche juntos. Bailaron, bebieron. Se perdieron en la multitud y en ellos mismos. Ella se olvidó de sus acompañantes y de que deambulaba en una ciudad desconocida.
Sin hablarse se entendieron: sono Piero; y yo Yolanda. Al amanecer la dejó en su hotel. Al día siguiente recibió un ramo de rosas y una tarjeta. La invitaba al baile del Lido. Se las ingenió para zafarse de su grupo sin muchas explicaciones. A las nueve de la noche, pasó por ella. Esta vez disfrazado de Arlequín. Salieron por las callejuelas. La hizo acudir a una tienda de disfraces, cambiarse el que llevaba y alquilar uno de Colombina. ¡Come sei bella! Iolanda. Abordaron el vaporetto. El baile del Lido, era más de lo que ella hubiese imaginado: un sueño feral. Nunca pensó que pasaría una vacación así. La noche transcurrió brevemente entre danzas, brindis y jolgorio. Piero durmió esa noche en su habitación y se conocieron a la manera bíblica. Así transcurrió su estancia en Venecia; entre las atenciones de Piero y el máximo disfrute de la ciudad y las fiestas.

En la despedida intercambian recuerdos, direcciones, números telefónicos. Poco a poco fueron aprendiendo a comunicarse. Pasó el tiempo, pasó la vida. Nunca faltaron las invitaciones, como tampoco los rechazos: lo siento mis obligaciones; disculpa uno de mis hijos; lo lamento esta vez… Cosas tan mundanas, los rodean y los separan.

Hasta que tomaron la decisión definitiva. A pesar del tiempo, las distancias, la cotidianeidad y los contratiempos: se encontraban -en esa plazoleta predestinada- todos los carnavales de Venecia, desde hacía ya veinte años. ¿Quién lo diría? ¡Siempre Colombina, siempre Arlecchino!


Caracas, febrero 2008
Ilustración:Juarez Machado

15 enero, 2008

Chu-chu train



Cual sumiso perrito faldero, iba tras ella por toda la estación ferroviaria. Ensimismado seguía el ritmo de aquel par de nalgas que sinuosas, saltaban independientemente una de la otra; sostenidas por unas bien torneadas piernas soportadas en unos zuecos, que aumentaban la estatura de la portadora. En verdad los requería. No era muy espigada, más bien rellenita. El atuendo muy veraniego: franelita con tirantes, faldita corta y una bandana –sujetando la corta melena castaña- que hacia juego con la tela de la faldita. Todo le hacía inferir que era una chica joven, no tendría mas de diecisiete.

Subieron al vagón; se coló en el mismo compartimiento donde ella entró. La vio lanzar el maletín que llevaba en la mano sobre el asiento y apoyada en la ventana observar, como en espera de alguien. El también se deshizo de su mochila. Tosió fuertemente. Se volvió; su cara sin maquillaje tostada por el sol -salvo la boca carnosa resaltada en carmesí- le sonrió. Sintió que la arropaba una mirada azul. Asumió nuevamente su posición de observadora. La pose permitió al intruso ver un pequeño triángulo de tela, asomado por debajo de la faldita. Por detrás muy pegado a ella puso sus brazos al mismo nivel sobre el vidrio, limitando sus movimientos. Nadie reclamó, nadie se movió. La turgencia se hizo patente. Ella con bamboleos lascivos respondió al roce. Franela de por medio, apretó sus pechos. Con dos dedos recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Cuidadosamente enrolló la faldita. Un diminuto bikini negro a duras penas cubría las macizas nalgas de sus tentaciones.

Bajó la prenda hasta las pantorrillas. Levantó un pié para permitir la salida de la pieza; luego le volvió a calzar el zueco. Comenzó a masajear las redondeces que se le ofrecían; las aprieta, las pellizca. Arrodillado hunde su cara en la mullida zona; aspira su olor. Su lengua repasa la hendidura que separa las voluminosidades. El estremecimiento del cuerpo femenino acusa las caricias. La chica -aferrada a la ventana- instintivamente separa las piernas. La mano cubre la oquedad humedecida: los dedos hurgan. Con la mano libre, desata sus pantalones; toma fuertemente el miembro que soba: dedos, mano y lengua se sincronizan. Erguido toma a la mujer por las caderas y con una maestría que sólo la práctica otorga, embocó directamente. La agita frenéticamente. El ruido de los trenes acalla las imploraciones: ¡Hay, así, dale!...hum, hum...¡ Si, así papito! ¡I like you bitch!... hugh, hagh. ¡You are so hot! y el golpeteo de sus testículos contra las nalgas. Una chispa que baja por su columna vertebral, hace ignición con el pedernal que tiene dentro. Abrazándola se recuesta sobre su espalda. Ella soporta gustosa su descanso. Trenzados se mantienen unos minutos.

Un sacudón deshace la postura. Suenan dos pitazos; el tren se pone en marcha. ¡Fuck, this isn´t my train! Sube los jeans; cierra la bragueta sin ajustar la correa. Nuevamente la envuelve en su mirada azul. Jala su morral y sale en volandas del compartimiento. El tren al ralentí comienza a desplazarse: cuh, chu, chu, chu... Aún desmadejada sobre el asiento, alcanza a ver a través de la ventana un hombre rubio –con un morral terciado al hombro- que con una mano sujeta sus pantalones y corre por el anden.



Caracas, 2003
Ilustración: Vettriano

11 enero, 2008

Mujer ideal




Ahora si estaba convencidísimo. ¡Esta era la mujer que tanto había anhelado!, la deseada, la ideal. Ella no podría defraudarlo como tantas otras: no lo traicionaría, no lo abandonaría jamás...

Y se la llevó a la cama. Atendió todos su requerimientos, todos sus antojos, todas sus aberraciones sexuales sin protestar; sin actitudes vergonzantes. Nunca un “tengo jaqueca”, nunca un “tengo la menstruación”. Muy por el contrario era bien poco exigente: simple, mórbida, maleable... Sólo que una noche de pasión se extralimitó y le mordió fuertemente un pezón. El amago de mujer comenzó a expulsar aire como un globo. Giró por la habitación, por el techo, rapidísimo daba vueltas y vueltas: subía y bajaba. Lo que quedó de ella, voló por la ventana...


Caracas, febrero 2004

06 diciembre, 2007

Luz de luna




Noche calurosa en el llano infinito, sólo el ruido de las chicharras acompaña el vaivén de la hamaca donde cansada y a medio vestir la india está adormilada. Una que otra luciérnaga parpadea, tratando de iluminar la negrura que envuelve la mansión solariega y ella allí a su cuidado, mientras los habitantes en tropel se mudaron a la capital.

¿Que hacer mientras tanto? Descansar del trajín ocasionado por la partida. Aprovecha ese bien ganado descanso... Cuelga la hamaca en el corredor y no en la choza. Dueña de todo: de la casa, de los animales, de la vegetación, de la inmensidad que la rodea. Tirada a través en la hamaca en el sopor que la aplasta, mira al cielo pero no logra ver las estrellas que le gustan tanto. ¡ Hoy está nublado !, dice. Ella no entiende de constelaciones, sólo le gusta verlas iluminar cuando la noche está despejada, que no es esa.

Va clareando. Llentamente se apartan las nubes. Un rayo de luz va a dar directamente a la cara de la durmiente. Se espabila. Contempla la luz azul de su visitante, allí está luminosa –solita como ella- sin nada que las perturbe. Se despereza con pausa, se incorpora. ¡Te estaba esperando!, dice. De la hamaca cae el camisón. Da unos pasos y ya está en el patio debajo de los rayos fríos que la bañan. Sensual, hechicera, revitalizada... ¿Cómo no sentirte Maria Lionza? Danzas con movimientos paganos y ancestrales al ritmo de una salmodia. En trance cae al piso, brazos y piernas abiertos. Una lluvia de luciérnagas titila a su derredor. La agitada respiración que sacude los pechos se sosiega. Está quieta, muy quieta... Sólo las gotas de sudor se mueven sobre la tersura de la cetrina piel. Semeja una estatua de cera azul. Ahora la luna, ella y la Diosa son una…


Caracas, noviembre 2005
Ilustración: Sayorama