07 julio, 2007
Libro de alcoba
Era un libro tan erótico que en vez de prefacio tenía prepucio.
Caracas, marzo 2001
Etiquetas:
Cuentos de una línea
19 junio, 2007
Amante perfecto

Nada se sabe, todo se imagina. Fellini.
A partir de unas escasas referencias –con la asistencia del imaginario que nunca me abandona- he logrado construirte; acorde a mis necesidades, a mi gusto, a mi carácter, a mi medida. Si me es negado el placer de descubrirte al menos tengo el de inventarte. Digamos que normal y corriente: ni muy bajo, ni alto, complexión delgada, fibrosa y con la imprescindible marcada musculatura; mediana edad. Cara fina, nariz perfilada, labios finos -no por ello menos aptos para desvariados besos- y una sombra de barba cubre tu rostro. Manzana de Adán prominente. Pelo negro, con visos plateados que se pierden en la maraña de tu cabello. Ojos también negros y mirada inquisidora. Reflexivo, sensible, dado a la ponderación, sagaz y por supuesto machista.
Los sonidos de tu voz metálica -esto lo capte muy vivamente desde el primer día que la escuché- ya me son familiares: cuando me nombras, cuando ríes, cuando gimes apasionadamente, cuando murmuras a mi oído... Tus fuertes brazos y tu pecho me cobijan muy cálidos, cuando me abrazas así por detrás -amparosamente- y escondes tu cara en mi nuca, te adhieres a mí y mis nalgas -ropa de por medio- acogen tu pene... Tienes finas manos de dedos largos, ¿ será que las siento suaves porque me acarician ?
Me gusta tu pecho, en cuya vellosidad ya asoman ciertas canas. Percibo el ritmo de tu corazón cuando -después del imaginado coito- reposo sobre su batir todavía agitado; luego lentamente se va acompasando con el mío. El ombligo profundo y oculto. Tu pene no muy grande -que no lastime- a la necesaria medida de mis oquedades: boca, vagina, ano... Aquiescente a mis antojos; erguido, venoso, tumefacto, paciente a mi satisfacción, lento en su discurrir. Tus muslos y pantorrillas fibrosas, tus pies largos de delgados dedos. ¡Ah, tu espalda! ancha y lunareja. Hirsuta en respuesta a los mordisqueos que cuentan sus lunares. Las parcas nalgas protegen, ante cualquier intento de penetración, el estrecho anillo.
No he obviado ni tu olor, ni tu sabor, que permanecen por mí durante días después de haberte acogido. El primero dulzón, mezclado con un dejo de tabaco. El otro un poco salobre, un poco acerbo, se me confunde con el sabor seminal...
Saberte convierte los momentos sencillos en mágicos: el sabor de una copa de vino, la calma de una caminata, el perfume de un ramo de flores, la alegría de las mañanitas claras y soleadas, los tráfagos de un viaje, la magnificencia de una sinfonía, el escalofrío de las primeras nevadas, la sensualidad de una siesta, la exacerbación de los sentidos en las tardes de verano, la cadencia del bolero que bailo, la cháchara de la conversación con las amigos, el afán por las lecturas, al cantar Night and Day... ¡Todo se transforma con sólo ficcionarte!
Te sé para los asuntos definitorios: mis emociones, mis sentimientos, mis sensaciones. Eres tan mío como ajeno. Semejante a cuando vemos la noche colmada de estrellas; se disfrutan pero no están allí. ¡Eres el amante perfecto!
Caracas, abril 2004
A partir de unas escasas referencias –con la asistencia del imaginario que nunca me abandona- he logrado construirte; acorde a mis necesidades, a mi gusto, a mi carácter, a mi medida. Si me es negado el placer de descubrirte al menos tengo el de inventarte. Digamos que normal y corriente: ni muy bajo, ni alto, complexión delgada, fibrosa y con la imprescindible marcada musculatura; mediana edad. Cara fina, nariz perfilada, labios finos -no por ello menos aptos para desvariados besos- y una sombra de barba cubre tu rostro. Manzana de Adán prominente. Pelo negro, con visos plateados que se pierden en la maraña de tu cabello. Ojos también negros y mirada inquisidora. Reflexivo, sensible, dado a la ponderación, sagaz y por supuesto machista.
Los sonidos de tu voz metálica -esto lo capte muy vivamente desde el primer día que la escuché- ya me son familiares: cuando me nombras, cuando ríes, cuando gimes apasionadamente, cuando murmuras a mi oído... Tus fuertes brazos y tu pecho me cobijan muy cálidos, cuando me abrazas así por detrás -amparosamente- y escondes tu cara en mi nuca, te adhieres a mí y mis nalgas -ropa de por medio- acogen tu pene... Tienes finas manos de dedos largos, ¿ será que las siento suaves porque me acarician ?
Me gusta tu pecho, en cuya vellosidad ya asoman ciertas canas. Percibo el ritmo de tu corazón cuando -después del imaginado coito- reposo sobre su batir todavía agitado; luego lentamente se va acompasando con el mío. El ombligo profundo y oculto. Tu pene no muy grande -que no lastime- a la necesaria medida de mis oquedades: boca, vagina, ano... Aquiescente a mis antojos; erguido, venoso, tumefacto, paciente a mi satisfacción, lento en su discurrir. Tus muslos y pantorrillas fibrosas, tus pies largos de delgados dedos. ¡Ah, tu espalda! ancha y lunareja. Hirsuta en respuesta a los mordisqueos que cuentan sus lunares. Las parcas nalgas protegen, ante cualquier intento de penetración, el estrecho anillo.
No he obviado ni tu olor, ni tu sabor, que permanecen por mí durante días después de haberte acogido. El primero dulzón, mezclado con un dejo de tabaco. El otro un poco salobre, un poco acerbo, se me confunde con el sabor seminal...
Saberte convierte los momentos sencillos en mágicos: el sabor de una copa de vino, la calma de una caminata, el perfume de un ramo de flores, la alegría de las mañanitas claras y soleadas, los tráfagos de un viaje, la magnificencia de una sinfonía, el escalofrío de las primeras nevadas, la sensualidad de una siesta, la exacerbación de los sentidos en las tardes de verano, la cadencia del bolero que bailo, la cháchara de la conversación con las amigos, el afán por las lecturas, al cantar Night and Day... ¡Todo se transforma con sólo ficcionarte!
Te sé para los asuntos definitorios: mis emociones, mis sentimientos, mis sensaciones. Eres tan mío como ajeno. Semejante a cuando vemos la noche colmada de estrellas; se disfrutan pero no están allí. ¡Eres el amante perfecto!
Caracas, abril 2004
Ilustración: Vettriano
28 abril, 2007
Hurtos

"El azar no escoge, propone". Saramago.
Clotilde se despierta sobresaltada. Aquel ruido no era habitual y menos a esas horas nocturnas. Cubierta con el albornoz y cautelosa pero decida, se dirige al lugar de donde proviene el ruido. La lamparita del estudio está encendida. En la penumbra una figura trastea en las gavetas del escritorio. Enciende la luz.
-¿Qué hace?
-¡Uf, me asustó! Creí que no había nadie.
-¿Cómo así? Esta es mi casa y en las casas siempre hay gente.
-Si, pero como estamos de carnaval, todos se van de vacaciones.
-¡Pues yo no! ¿En fin, que pretende robar?
-Cosas pequeñas: joyas, dinero.¡Ni siquiera vengo armado! Esta es mi primera vez.
-¡Que alivio! Mire joven, ya que me desveló que tal si nos tomamos algo: un café, un trago.
-Prefiero lo último. La verdad , estoy más asustado que usted…
La dueña de casa seguida del intruso se dirige a la cocina. Sirve dos tragos; conversan. Ya al tercer brindis Clotilde dice:
-Creo que usted y yo podemos llegar a un trato.
-¿Un trato?
-Si, pase por aquí. Las cosas de valor están en mi recámara.
Ya en la habitación con el mayor desparpajo, sin camisón, Clotilde coquetea con el joven. Lo seduce y lo lleva a la cama con muy buenos resultados para ambos: él demuestra ser un buen saqueador y ella que sabe dejarse saquear. Luego del agotamiento Clotilde se incorpora y va al closet. Retira la ropa. Abre una pequeña caja fuerte empotrada en la pared. Toma un cofrecillo. Se sienta al borde de la cama donde yace el ladrón. Con el cofre sobre sus rodillas muestra su contenido y dice:
Clotilde se despierta sobresaltada. Aquel ruido no era habitual y menos a esas horas nocturnas. Cubierta con el albornoz y cautelosa pero decida, se dirige al lugar de donde proviene el ruido. La lamparita del estudio está encendida. En la penumbra una figura trastea en las gavetas del escritorio. Enciende la luz.
-¿Qué hace?
-¡Uf, me asustó! Creí que no había nadie.
-¿Cómo así? Esta es mi casa y en las casas siempre hay gente.
-Si, pero como estamos de carnaval, todos se van de vacaciones.
-¡Pues yo no! ¿En fin, que pretende robar?
-Cosas pequeñas: joyas, dinero.¡Ni siquiera vengo armado! Esta es mi primera vez.
-¡Que alivio! Mire joven, ya que me desveló que tal si nos tomamos algo: un café, un trago.
-Prefiero lo último. La verdad , estoy más asustado que usted…
La dueña de casa seguida del intruso se dirige a la cocina. Sirve dos tragos; conversan. Ya al tercer brindis Clotilde dice:
-Creo que usted y yo podemos llegar a un trato.
-¿Un trato?
-Si, pase por aquí. Las cosas de valor están en mi recámara.
Ya en la habitación con el mayor desparpajo, sin camisón, Clotilde coquetea con el joven. Lo seduce y lo lleva a la cama con muy buenos resultados para ambos: él demuestra ser un buen saqueador y ella que sabe dejarse saquear. Luego del agotamiento Clotilde se incorpora y va al closet. Retira la ropa. Abre una pequeña caja fuerte empotrada en la pared. Toma un cofrecillo. Se sienta al borde de la cama donde yace el ladrón. Con el cofre sobre sus rodillas muestra su contenido y dice:
-Estas joyas son herencia de mi familia y es todo lo que hay. Tú verás si te las robas todas de una vez, o te las llevas de a poquito.
Caracas, febrero 1999
Ilustración: Vettriano
28 marzo, 2007
Concerto grosso

A paso rápido y embozado pasa bajo las arcadas en la nocturna ciudad. La Serenissima descansa... No se escucha el golpeteo de los remos contra el agua ni el parloteo de los gondoleros. El joven Giacomo camina presuroso, casi invisible en la bruma que sube de los canales. Cruza un puente y otro y otro... No sin dificultad trepa el muro que lo separa de su objetivo, mejor dicho de sus objetivos, en plural…
La luz de luna le permite ver que tocó el césped en los predios del Ospedale de la Pietá. Un gran parque lo separa del edificio que se encuentra a oscuras. Apresura el paso. Un frondoso árbol lo ayuda a trepar a una ventana del segundo piso. ¡Perfecto! Sus cálculos lo sitúan en el lugar indicado. Sigiloso se escurre en la gran sala llena de camas literas... ¿Por donde comenzar? ¡Por abrir las ventanas! Despiertan las jóvenes durmientes; unas asustadas, otras no tanto. Son diez y seis hermosas huérfanas que asombradas ven al apuesto intruso elegantemente trajeado con peluca empolvada y tricornio. Sonríe y hace chist con el índice sobre los labios para indicarles calma y silencio. Las niñas obedecen. Con parsimonia las toma de la mano; dejan sus camas y forman un círculo en medio del salón. ¡Un corro feral salido de una pintura de Tintoretto! Vengo a daros una lección de música, les dice. ¿Porque ustedes estudian música, cierto? Si, tenemos una camerata. La iniciamos con el Prete rosso. El nos enseñaba pero nos abandonó; además, nunca celebró una misa pero sí muchas óperas, contestan en atropellada respuesta.
Yo me llamo Giacomo. ¿Tú cómo te llamas ? pregunta a una jovencita morena, a quien toma por la cintura. Cattarina, señor. ¿Y cual instrumento tocas ? La Viola da gamba, responde. Se dirige a otra y hace igual . Yo me llamo Margherita y toco el Corno di bassetto. Clavicemballo, dice Giusseppina. Mandolina, riposta la una. Yo el Piccolo, dice la otra sin esperar la pregunta. El intruso divertido y a manera de juego va repasando toda la orquesta. Las chicas ya se muestran más confiadas... Envía a una de ellas a la puerta para asegurarse que no habrá intromisión alguna en el dormitorio y con gesto tetral se planta en medio del círculo.
Sin capa ni sombrero, sin casaca, abre su camisa. Deslía su calzón y toma su enorme miembro con la mano. ¿Este instrumento lo conocéis? dice, al mostrarlo al coro de niñas que con ojos muy abiertos, entre sorprendidas y asustadas indican que no con las cabezas. Mejor así esta será una primera lección. Toma a una de las alumnas y la atrae hacia sí. La pone de rodillas ante él y le ordena: ¡ toca esta flauta dulce!, sin prisa. Yo te enseñaré como... La alumna sigue las instrucciones de su convincente profesor. ¡Basta, basta! por ahora. Ven tú, le dice a otra joven de grandes senos. ¡Seré yo quien acerque esas dos boquillas a mi boca! Toma los senos de la chica y chupa sus pezones con fruisión.
Luego hace entrar a otras al circulo erótico: a esta la besa, a otra toma de las nalgas, a una acaricia el pubis, a aquella lame los pezones, a esa se le esconde bajo el sayo... Una a una hace desfilar el serrallo para la lección de flauta. Con tórridas palabras recorre el pentagrama de los juegos amatorios. Indícales como hacer y como dejarse hacer.
Las jóvenes obedecen cuando les ordena acostarse nuevamente. Entonces Giacomo totalmente desnudo comienza su ronda por las literas... Primero Margherita, luego Cattarina y ahora Giusseppina. Asunta y Emilia juntas, después Lucia. A cada una llega su turno. Las muchachas –alumnas aprovechadas- siguen los pasos de su mentor. Unas se quitan las camisolas; algunas ayudan en las maniobras sexuales. Otras se satisfacen mutuamente a la espera de su turno. La noche transcurre entre atenciones apasionadas para él y para ellas. Giacomo como maestro orquestador mete su batuta en todos los instrumentos con allegro, adagio, fortissimo y gran finale. Ellas logran un concerto grosso de suspiros, quejidos, exclamaciones, risas y susurros de amor. Las campanas que llaman a los maitines ponen fin a la lección musical. Giacomo se viste y despide de sus improvisadas alumnas: ¡Mis queridas niñas, volveré para la segunda lección!
Envuelto en su capa hace el recorrido de vuelta. Il campanile retumba las campanadas del amanecer. Giacomo atraviesa la plaza sin premura. Se detiene para anotar en su cuadernillo: Giussepina, sensual; Cattarina, dispuesta; Marghuerita, un poco sosa....así va completando la lista de sus nuevas 16 pupilas. Al pie coloca la fecha: Primavera 1753...
Caracas, marzo 2007
Envuelto en su capa hace el recorrido de vuelta. Il campanile retumba las campanadas del amanecer. Giacomo atraviesa la plaza sin premura. Se detiene para anotar en su cuadernillo: Giussepina, sensual; Cattarina, dispuesta; Marghuerita, un poco sosa....así va completando la lista de sus nuevas 16 pupilas. Al pie coloca la fecha: Primavera 1753...
Caracas, marzo 2007
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Cuentos eróticos,
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Venecia
27 febrero, 2007
Precocidad virtual
Poco a poco me fui acostumbrando a sus menajes. Diariamente nos escribíamos. Nos contábamos la vida: gustos, esperanza, sueños, cotidianeidad. Me apegué a un ceremonial de seducción. Llegué a enamorarme a través de un medio cibernético, impersonal y distante. A pesar de ello sentía que había una transparencia de sentimientos correspondidos. La soñaba, la disfrutaba, la padecía. ¡Esa relación virtual fue mi obsesión! Llegó un momento en que ya no me satisfizo el erotismo a distancia. Apremié un acercamiento más íntimo, más físico. Deseaba tenerla aquí, entre mis brazos; poseerla. La precisé. Le pedí sus datos, una cita. Finalmente accedió. Me dio unas señas que me parecieron algo extrañas. En mi locura, en mi entusiástica lujuria, no me detuve a pensarlo.
Acudí a la cita. A medida que avanzaba llegué a una casona grande. Un colegio de señoritas. ¿Será una profesora?, díjeme. Me aposté a las puertas del colegio. No me iba a echar atrás en ese instante. Sudada la frente; ¡pum, pum, pum! el corazón. Primero salieron las niñas, luego profesoras y profesores. Nadie me abordó. Al rato se acercó el vigilante a cerrar la verja. ¿No queda nadie?, pregunté. ¡Quedo yo! respondió una colegiala de unos doce años que salió de la nada...
Caracas, 2000
Acudí a la cita. A medida que avanzaba llegué a una casona grande. Un colegio de señoritas. ¿Será una profesora?, díjeme. Me aposté a las puertas del colegio. No me iba a echar atrás en ese instante. Sudada la frente; ¡pum, pum, pum! el corazón. Primero salieron las niñas, luego profesoras y profesores. Nadie me abordó. Al rato se acercó el vigilante a cerrar la verja. ¿No queda nadie?, pregunté. ¡Quedo yo! respondió una colegiala de unos doce años que salió de la nada...
Caracas, 2000
Feministas avant-garde

Dícese que Teseo acompañó a Heracles en la expedición que hizo al país de las Amazonas –en ese entonces no se llamaban así- y por su participación en esa lid recibió a Antíope en premio. Pero la realidad no fue así...
Las mujeres al ver llegar a tantos guerreros apuestos no opusieron resistencia y por el contrario, los recibieron con presentes y agasajos . Hipólita perdió su cinturón. Antíope subió a la nave para ofrecer su persona al guerrero y Teseo desentendiendose de sus propósitos de batallar, levó anclas y la raptó. Heracles iracundo ordenó aniquilarlas que para eso habían ido. Las míticas guerreras –salvo las que lograron huir- fueron violadas y pasadas por las armas…
Fue a partir de entonces que las Amazonas, abochornadas por su flaqueza inmolaron sus pechos, para que nunca más los hombres las desearan.
Caracas, 2000
Fue a partir de entonces que las Amazonas, abochornadas por su flaqueza inmolaron sus pechos, para que nunca más los hombres las desearan.
Caracas, 2000
Ilustración: L. Alma-Tadema
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