29 marzo, 2025

Pezones oscuros.

Don Gregorio, un viejo cura de una pequeña y próspera ciudad, está a la espera de su sustituto. Ya son demasiados años de servicio y se hace justo y necesario su retiro. No sólo Don Gregorio está inquieto por la tardanza, las beatas del pueblo también. En definitiva solo saben que es un cura joven y que se llama Andrés Carballo. Don Gregorio, sí sabe todo lo que ha de saber; que  estudió en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma y que viene recomendado por la Diócesis en una misiva.

Finalmente, llega el nuevo cura. Para su recibimiento y despedida de Don Gregorio, se organiza un modesto sarao, con la asistencia de las autoridades: Jefe civil, los ganaderos, la representación de la sociedad y por supuesto el grupo de beatas. Andrés Caraballo, es alto, con buen porte,  de unos treinta años, voz grave,  y por lo visto actualizado; usa clergyman en vez de sotana. Es decir, Don Andrés comenzó con buen pie su ejercicio eclesiástico. Ses introdujo en los círculos sociales, reorganizó las funciones y horarios. Remozó, dentro de las posibilidades, la escuela parroquial y la sacristía y supo manejar diestramente el grupo de desconfiadas beatas, asignándoles algunas tareas. Así, se gana a sus feligresía: ahora más hombres asisten a los oficios, porque no es igual confesarse con un hombre de sotana que con uno que viste pantalón tal como ellos. Sus esposas también notan la diferencia...

Don Andrés, se distingue en el púlpito, cuando canta con el coro de beatas, cuando juega béisbol con los muchachos y cuando asiste a alguna que otra invitación de las autoridades. Todo esto caló en la juventud. Nuevas chicas se integran al coro y  mucho chicos fungen de monaguillos. Don Andrés, no percibió ese cambio, sino cuando sus monaguillos entraban en peleas por ayudar en las comuniones. Allí fue cuando él se percató del interés de los chicos, debido a que las damas asisten a los oficios con prominentes escotes que permiten ver sus bustos. 

A partir de ese momento, él también se puso a distinguir las tetas de las comulgantes y retardar calmadamente el acto de impartir las hostias. Doña Encarnación, la esposa del Jefe civil, las tiene grandes. Felisa, la de la farmacia, redonditas y pequeñas. María Luisa, la maestra, usa una encantadora cadenita con un crucifijo que reposa entre ambas tetas. Mercedes, la cajera del auto mercado, se hizo un implante y ahora tiene un llamativo busto que no cabe en la estrecha blusa. Más, lo que terminó de saciar la curiosidad de Don Andrés, fueron una tetas morenas, con unos grandes pezones oscuros que se traslucen en su blusa. Esa es Josefina, la chica mulata que acompaña a la madre del Coronel Màrquez, jefe de la guarnición. A partir de ese descubrimiento, el cura no tiene paz ni sosiego.  Espera con ansias y nervios los días de comunión. Deja para el final de la ceremonia a Josefina. Luego en las noches, sus sueños reviven una y otra vez esas deliciosas tetas, con sus morenos pezones. En sueños  los lame, acaricia,  aprieta. De nada le valen flagelaciones ni cilicios. Amanece bañado en sudor y empapado de sus segregaciones oníricas.  Al cura no le quedó otro recurso que cambiar pantalones por sotana a fin de disimular sus erecciones.

Las damas, no ignoran los efectos que causan. Por el contrario coquetean; muestra cada vez más sus escotes y sonríen maliciosamente. El acercamiento se intensifica cuando Josefina se ofrece para asear la sacristía, una tarde por semana. En tales momentos, el cura observa con detenimiento desde su escribanía. Josefina, muestra al desgaire: pantorrillas, muslos y sus  firmes nalgas Él intempestivamente sale de la habitación y en el lavatorio alivia su hombría. Se suceden las visitas. Esta vez Don Andrés se levanta, la toma del brazo y dice: arrodíllate. La cubre con su sotana y espera unos minutos. En éxtasis de pie gime y llora, mientras siente que le aprietan las nalgas, que unos labios se revuelven en su pubis y la succión que lo hace desfallecer. Cuando finaliza, Josefina sale de su escondite. Con la misma sotana se limpia la boca y masculla: hasta el viernes a la misma hora. Esa noche, el cura no concilia el sueño. Se debate entre sus convicciones, la culpa y sus instintos. Las tardes se suceden. En uno de esos encuentros Don Andrés la lanza contra el lecho. Finalmente tuvo esos pezones atormentadores en su boca. Recorre su vientre y  sorbe sus jugos mientras trata con su mano de acallar los gemidos obscenidades y sacrilegios que ella profiere en su desvarío !Lame, ags, asi, Dios, ags, tu lengua, tu lengua, ags, Dios mío, divino!  Luego la voltea y ella contra la almohada, ahoga un quejido cuando siente al hombre que cabalga sus nalgas y fieramente su fuego la penetra...

Por circunstancias de la vida, los encuentros se distancian. La madre del Coronel Márquez regresa a la capital y con ella Josefina. El cura conmovido, consternado, queda en su iglesia. El tiempo pasa, la rutina continúa, las comuniones siguen. Sólo cambia el panorama; las chicas del coro han crecido. Don Andrés nuevamente comienza a reconocer a sus comulgantes: estas son las tetas de Carmencita, estas son de Encarnación, estas de Angelita, pero no hay ninguna que tenga  pezones oscuros.


Caracas, marzo 2025

21 septiembre, 2024

AIKUS (Eros)

 Calma del placer,

 siempre reconocernos.

 Duerme la noche.


Sombra pertinaz,

recuerdos consumidos.

Amor que no fue.

20 septiembre, 2023

Una última vez.

Volví por mis trastos. Cuando entré se estaba duchando. Un impulso me llevó a dibujar en el vidrio , con el vapor que emanaba, su silueta: la espalda, las nalgas, los muslos. Mi erección iba en aumento. Por un instante pensé entrar y quizás, una última vez, empaparnos juntos como hacíamos antes. Sorber el agua que corre en su entrepierna y disfrutar de un coito.... ¡Qué haces! gritó. Agarra tus vainas y lárgate. No olvides dejar las llaves al salir. Tragué entero y di media vuelta, sin despedirme. Me largué con un portazo, mi erección y las ganas de esa última vez.


Caracas, sept. 2023

03 marzo, 2012

La romántica vida de Gustav Schilick



Esta es la historia de Gustav Schilick, un hombre ahora reducido a un casi hombre; temeroso, sin honra, fugitivo y finalmente metido a patriota a la fuerza y por motivos totalmente ajenos a la guerra.
La vida de Gustav, que antes era despreocupada, comenzó a complicarse cuando, en una de esas tantas kermes a las que asistía por diversión –con el sólo fin de seducir mujeres- conoció a Frau Hagaar. Nuestro hombre era todo un dandi, bon vivant y galante, que gracias a una pequeña fortuna en chelines heredada de una tía abuela, podía darse el lujo de frecuentar los mejores salones y alternar con bohemios y burgueses como él, que vivían de sus negocios y heredades. Así, Gustav joven, con algo de dinero: bien trajeado, con una mediana cultura, destacaba entre sus pares y sin ser hermoso gozaba de harta aceptación entre  las damas.

Cuando conoció a Frau Hagaar y como era ya su costumbre, decidió obtenerla como uno más de sus muchas seducciones: bailarinas, cantantes de ópera, viudas y hasta se cuenta que una novicia. La verdad es que la dama no le fue indiferente y las cosas surgieron poco a poco. En ausencia del marido viajante, un renombrado banquero que por casualidad, mantenía en sus arcas los bienes de Gustav, los encuentros se hicieron frecuentes: una vez en el Prater, o en una velada benéfica, otra en el café Griensteidl, o un paseo al bosque para retozar eróticamente en el prado. A veces paseando castamente en  coche, otras no tan santas dando vueltas por la callejuelas  de la ciudad, mientras dentro del carruaje ocurría el desenfreno. Con el correr de los meses, los amantes pasaron a constituirse prácticamente y sin el menor recato en pareja. Se olvidaron los encuentros a escondidas y se veían frecuentemente en el pequeño apartamento que poseía Gustav retirado del centro de Viena… Durante siete meses, fueron dichosos hasta que las comidillas llegaron a oídos de Herr Hagaar. Valido de su posición, se agenció un oficial policíaco quien en poco tiempo puso al cornudo al corriente de su deshonrosa situación.
A todas estas y para lavar su honor, Herr Hagaar envió una misiva que tomó de sorpresa a Gustav; ¡ un reto a duelo!  Aunque tal práctica estaba prohibida, seguía siendo costumbre entre los caballeros… Nuestro protagonista fue convocado una fría madrugada a batirse con el ultrajado marido. Esta vez la suerte abandonó al ofensor y aunque no murió en la finta, salió herido de un pistoletazo por su diestro contrincante. Apropiadamente llegó la autoridad y sin saberse por cuál causa, sólo el herido fue apresado. Ya en el calabozo, Gustav captó el doblez de todo el asunto: el caballero Hagaar había dispuesto todo para errar el tiro, hacerlo encarcelar y además de humillarlo, estarle  en deuda por su vida.

Como parece ser, las cosas malhadadas vienen juntas; ya para ese entonces en toda Europa y especialmente en Viena se vivía, un clima enrarecido con presagios de guerra. El gran imperio se debilitaba y no sabríamos si para su fortuna o desdicha, Gustav se vio envuelto en una guerra iniciada también, por un furtivo pistoletazo… Evadiendo juicio y castigo, cambió condena por tropa. Se alistó y helo aquí en esta inmunda trinchera del frente oriental, con una bayoneta al hombro: sin dormir,  mal comido, peor apertrechado y aterido de frío, esperando la orden de atacar al enemigo que a estas alturas ya no sabe si es gabacho: balcánico, hijo de Albión, otomano o de la puta madre, que para el caso da lo mismo y quien, desde la otra trinchera, bombardea día y noche despiadadamente.
Dos veces salió Gustav con su batallón, dos veces regresó malherido.  Finalmente, cuando una bayoneta le atravesó el pecho, tirado en aquel sangriento lodazal,  tuvo en un instante de aliento la visión de girar con una deliciosa criatura en un lejano baile, allá en su amada ciudad donde tan placenteramente vivió.

CCS, febrero 2012
Ilustración: Renoir

06 febrero, 2012

Piano bar



Es de noche -casi siempre sale al anochecer de la oficina- y estaba más agotada que nunca. Su agotamiento no era tanto físico como mental y moral. Deprimida, con ganas de tirar todo por la ventana. Tanto batallar para levantar su proyecto y ese viernes le habían dado la puntilla. Tendría que inventarse algo totalmente distinto para el marketing. De mala gana engavetó el papeleo y las presentaciones, en el archivero de intentos fallidos. Cerró la oficina y salió. En el ascensor se acicaló. Cuando llegó a la planta baja su furia se había aplacado.

Salió al lobby del edificio y luego a la calle. El frío de la noche la hizo percatar que no estaba suficientemente abrigada. Inspiró profundamente y echo a andar por la avenida iluminada, viendo la vitrinas. Sin darse cuenta, ya estaba alejada y con más frío. Vio el aviso luminoso de un piano-bar; unos tragos no me vendrán mal en estas circunstancias... Empujó la puerta. Cuando sus ojos se acostumbraron a la media luz y al humo que invadía el pequeño local, pudo ver que estaba poco concurrido. Unos cuantos hombres en la barra, una pareja de jóvenes en un mesita. Un lánguido blues, sonaba en la rockolla. En la barra se acomodó en una de las altas banquetas. El barman le da la bienvenida; ¿qué le sirvo?...Un martini seco.

Se lo fue bebiendo lentamente, como lentamente se puso a observar a los parroquianos que allí estaban. Tenían aspecto de gente de oficina –así como ella- de esas que se reúnen los viernes en la noche para tomarse algo, antes de llegar a casa. Este mal día, con la rabieta y la frustración que le ocasionó su fallido proyecto, rechazó todas las invitaciones y fue a recalar donde estaba ahora.

En verdad no le llamó mucho la atención el hombre que ahora entraba al lugar. Fue directamente a la esquina de la barra. Colocó el maletín en otro de los taburetes vacíos. Saludo al barman como si ya lo conociera de mucho tiempo y pidió un trago… Los intercambios de miradas llegaron a la segunda copa. Era un tipo de mediana edad, delgado y con una sonrisa franca. El tercer trago se lo brindó él. Así se lo hizo saber el barman cuando le sirvió. Le sonrió al momento que levantó la copa. Permanecieron en sus respectivos lugares un buen rato. Después, vino hacia ella. Sólo le dijo buenas noches. Dejó un sobre en frente, dio media vuelta y desapareció del lugar… Perpleja y curiosa abrió el sobre. Contenía mucho dinero y una tarjeta de presentación de un hotel. Por detrás las señas de la habitación y más nada. Se rió; ¡este tipo se equivocó conmigo! El gesto le pareció grotesco, pero no se enfadó. Pidió otro trago y algo para comer. Estuvo meditando qué hacer con ese sobre y si atender o no la inusual invitación; ¿qué tengo que perder? Agarró sobre y cartera, pagó y salió del local.

Caminó unas dos cuadras y llegó a la puerta de un viejo hotel, no muy lujoso pero con cierta clase. Entró muy decidida y fue directamente al ascensor. Cuando llegó al piso señalado y las puertas del elevador se abrieron, dudó en bajarse…Ya estoy aquí. ¿por qué no, qué me puede pasar? Salió al corredor buscó el numero señalado. Cuando golpeó a la puerta le abrió el mismo tipo, ataviado con un batín. Te estaba esperando. Ponte cómoda, ¿quieres una copa de champagne? ; ¡sí me encantaría!

Estaba en la pequeña sala de una suite. Se despojó de su chaqueta y su cartera. Intentó dar una explicación de lo acaecido pero él no se lo permitió. Brindaron. El hombre colocó música suave y se acomodaron en el sofá. Vengo esporádicamente a esta ciudad, por asuntos de negocios ; Yo trabj.... No la dejó continuar, puso un dedo sobre su boca y recorrió suavemente, los labios, los dientes. Cosas del destino, seguramente, le dijo. Bailaban y conversaban; aquí hay una equivocación. ¿Te parece?, no lo tomes a mal pero el fin es lo que cuenta.Con seguridad la aferró entre sus brazos. Comenzó a besarla y a desvestirla muy lento. Ella no opuso resistencia. Al quedar totalmente desnuda le pidió que bailara para él. Nuevamente llenó las copas y se sentó a observarla. Ahora le ordenaba; acaríciate, tócate… Al compás de la música hizo todo lo que quiso; ¡acércate, ven. Le roció el licor por los pezones y los lamió. El liquidó le corrió por el vientre y allí lo recogió su lengua. La reclinó en el sofá y se despojó del batín. Arrodillado al borde del mueble, sus manos se movían con sabiduría y agilidad. Roció el monte de venus con más champagne y bebió en esa copa. Con los sentidos extraviados, ella respondió a sus caricias.

Acunada en sus brazos, la llevó a la habitación iluminada sólo por la luz del velador. En el lecho, se puso debajo y le cedió el turno a ella. Totalmente laxo se entregó a la voluntad de la mujer. Ella lo sintió vibrar todo a través de su boca. Adelantándose a su espasmo lo cabalgó; una, dos, tres veces. Desmayada, reposó sobre su pecho. Quedaron largamente así, arrullados por el ritmo de sus respiraciones. Luego aún somnolienta, sintió que la volteaba y le mordía suavemente la espalda. La invadía por detrás. Intentó protestar, pero fue vencida. Entrelazados durmieron largamente...

Una suave claridad entró por el ventanal. Se incorporó. Su acompañante dormía profundamente; ¡ como todos los hombres satisfechos !... Para no despertarlo, en la salita se vistió lo más adecuadamente posible. Tomó sus pertenencias. Fue nuevamente a la habitación a echar una última mirada al dormido; ¡ni siquiera sé tu nombre!Puso el sobre con el dinero encima del velador y salió sin hacer ruido.

Caracas, Julio 2002
Ilustración: Viettriano

24 junio, 2011

Bajo la falda



¡Me molesta! ver a las mujeres en minifalda y con las tetas al aire, que no dejan nada a la imaginación. Una amiga, dice que las muestran porque no son de ellas. Quizá tenga razón… Me desagrada la franelita corta con las barriguita al aire. Tampoco me gustan las mujeres empantalonadas… No, no piensen que soy retrógrado, tradicional o gay. Por supuesto que mis panas jodedores no me lo dicen tan finamente; ellos dicen que soy un maricón que no se atreve a salir del closet...


No puedo ir contra mi naturaleza. Me gustan las mujeres tapadas, pero no por ello acepto, ni las monjas ni las musulmanas, aunque reconozco que tienen su morbo. Me refiero a mujeres mundanas, esas que vemos todos los días en la calle, en el trabajo, en el vecindario. Mis amigotes dicen que soy pendejo. No comprenden mis argumentos. Mis motivos tienen más que ver probablemente con alguna pulsión fetichista reprimida. Bien entendido, no le veo la gracia a que te metan por los ojos todo de una vez. ¡Se me asemeja a una vitrina de carnicería!
Y estoy harto de ver tetas idénticas unas a otras. No hay expectativas. Ya sabes con lo que te vas a encontrar… A los machos nos catalogan de visuales, pero de tanto ver tetas, culos y piernones, llega un momento que uno no le para –¡ni se me para!- y se busca otra cosa. Eso es lo que busco.


Me gusta adivinar, descubrir, imaginar. Qué habrá debajo de esa blusa con los primeros botones sueltos. ¿Las tendrá redondas o como aguacates? Cómo serán sus pezones, rosados, morenos. Las axilas, olorosas a recién bañada... Esas mangas largas, deben esconder unos brazos turgentes, de suave piel. ¿Tendrá lunares?... ¡Me excitan todos estos pensamientos! Y la falda a media pierna, qué puede esconder. ¿Usará liguero? ¿Con o sin pantaletas? ¿La tendrá afeitadita?… Es lo mismo que leer el menú del restaurante e imaginarse los platos. La falda larga, es lo máximo para mí. Cuando caminan –especialmente entaconadas- la falda se va amoldando a sus movimientos. Juega entre sus muslos. Entonces imagino que soy yo y no la tela quien va acariciándolos...


Por la calle ni me ocupo en ver las chicas exhibicionistas que pasan a mi lado. En cambio, cuando veo venir hacia mí una mujer en falda ya comienzo a elucubrar. Luego al pasar y contemplarla de espaldas me invade una cierta melancolía por no abordarla y meterme bajo su falda… ¡sólo pensarlo me eriza la piel!


Hay un mundo aparte bajo una falda ancha, donde quepo a mi placer: visión, sabores y olores distintos.... Para mí estar allí cobijado, equivale al paraíso. Veo, hurgo, saboreo a escondidas. Tiene un morbo entre sensual e ingenuo. Como cuando de pequeño me cubría totalmente con la sábana para masturbarme… Todas esas sensaciones se me vienen a la cabeza y trasciende el momento mágico, cuando me encuentro bajo una falda femenina.


Caracas, junio 2011

Ilustración sacada de la web.

15 mayo, 2011

Ella en la vitrina




Está allí, como un pez dorado solitario en una pecera. Ocupa la vitrina de escueto decorado: cortinajes y una silla. Trabaja sólo en las noches, en uno de esos sitios de mala muerte donde van hombres, también de mala muerte, a ver las mujeres desnudarse. Dice que para costearse los estudios. El principio no tenía muchos clientes, pero se corrió la voz.

Alta, delgada, pelo claro, bien parecida. Poco maquillaje, muy natural. No baila, no se cuelga de un tubo, no se contorsiona... Su rutina es muy simple: totalmente desnuda, con unos llamativos lentes y un libro en la mano da una vuelta por la vitrina, luego se sienta y lee en voz alta con la entonación debida, novelas eróticas. A veces fuma una pipa perfumada. Totalmente ajena al influjo que su voz tiene sobre quienes la observan: algunos se masturban, otros la acarician a través del vidrio, otros responden con palabras soeces a lo que van escuchando… Se hace llamar Anaïs, como la escritora. En sus comienzos no iba nadie a verla. En cambio ahora tiene su clientela fija. Ha tenido que ordenar las lecturas –cambia los lentes a medida que cambia los títulos- para que sus clientes no pierdan la ilación de los capítulos: hoy El amante de Lady Chaterly, mañana Las edades Lulú, la próxima semana Ceremonia de mujeres…y así transcurrieron cuatro años.

Ya desapareció de la vitrina. Ahora trabaja en su tesis de grado, por supuesto en un tema que bien conoce: literatura erótica francesa. Graduada comienza a dar clases en un liceo. El primer día que estuvo frente al alumnado sintió un deseo irreprimible de desnudarse.



Caracas, mayo 2011
Ilustración sacada de la web.

01 abril, 2011

Olympia






Recostada entre almohadones, sin recato alguno. Desafiante. Provocativa. Sensual...Evoca una odalisca yacente, sobre un mantón oriental. Totalmente desnuda, sólo una ínfima parte del bello cuerpo cubierto: el cuello, con una cinta negra. Se dejó una zapatilla de tacón, para un toque de fetichismo. Un toque coqueto: en el cabello recogido la orquídea. Una flor con connotaciones eróticas: la vulva, y un brazalete metálico en el brazo derecho. Su otro brazo reposa sobre el terso vientre. La mano oculta delicadamente el pubis. Sin actitudes vergonzantes, demuestra quien es: una cortesana de alto vuelo en el Paris de l800… El rostro de Olympia refleja altivez: ve con descaro al espectador, como si de un cliente se tratara. Maliciosamente retadora… La composición incluye además: la mucama de turbante, negra y rolliza quien carga un bouquet de flores, quizá obsequio de algún cliente y el gato negro que se despereza a los pies de su ama…


Olympia fue real, vivió y tuvo mucha notoriedad y cierta influencia en los círculos sociales de París. Pero esa notoriedad no sería suficiente para pasar a la posteridad. Siempre estará en deuda con Edouard Manet, quien la convertirá en su modelo favorita y la presenta en varias de sus pinturas. La obra como tantas otras del impresionismo fue rechazada y vilipendiada como escena de burdel... Descolgada del Salón de París, finalmente –con escándalo y todo- se exhibió en la Exposición Universal de 1889. Con el correr de los años ahora está privilegiadamente situada en el Museo D´Orsay... Manet aparte de pintor impresionista, era un pequeño burgués muy apegado a los cánones de comportamiento de su clase: un señor muy elegante, cuidadoso de su físico y del entorno social donde se desenvolvía. Especialmente atento con las damas. Lo que se dice un hombre encantador, un flameur… ¿Hasta dónde llegó su adoración por Victorine Meurent –así se llamaba la modelo- que con su maestría la reflejó tan hermosa y sexualmente apetecible?… O la escudriñó Manet, bajo su mirada de pintor, como una vestal digna de preservar… Quizá en la pintura reflejó el goce que obtenía con sólo mirarla... Acaso su relación sería puramente profesional... ¿La profesión de ella o la de él ?


El poeta Paul Valery le dedicó unas frases que refleja el influjo que desató Olympia en los hombres que se detuvieron ante el cuadro: “La pureza de un trazo perfecto esconde a la Impura por excelencia, aquella cuya función exige la ignorancia sosegada y cándida de todo pudor.” El escultor Rodin manifestó: “Una mujer que se desnuda es una imagen fulminante, como el sol que traspasa las nubes” ... Más recientemente Foucault dijo de ella: “Nuestra mirada, aporta la luz… Nosotros somos por lo tanto responsables de la visibilidad y de la desnudez de la Olimpia. Todo espectador se encuentra por lo tanto necesariamente implicado en esta desnudez. Se ve cómo una transformación estética puede provocar el escándalo moral.”A través del tiempo Olympia no ha pasado desapercibida, si este era el objetivo, se ha logrado. Aparte de los estudios críticos sobre la pintura, se han realizado acerca de ella, análisis semióticos, que ya es mucho decir. ¡Nunca imaginaste Victorine que trascenderías con tal alcance! Tú una cocotte cara, pero puta al fin. Una interrogante que llama la atención es por qué el artísta no utilizó el verdadero nombre de la conocida modelo, para titular su obra. Quizá Manet deseó homenajear a otra omónima: Olympia de Gouges, quien en plena revolución francesa solicitó "Los derechos de la mujer y la ciudadana", pero los tales "revolucionarios" muy "ilustrados" ellos, no dejaban de ser machistas y prefirieron enviarla al cadalso.



¿Qué moviliza hoy Olympia en el espectador ? En esta época de revistas Play-boy y pornografía pura y dura donde nada se deja a al imaginación, factiblemente Olympia -desde el punto de vista erótico- pase sin pena ni gloria, aparte de destacar la belleza de su cuerpo femenino. No obstante para mí no ha perdido su atractivo estético ni sexual... Olympia nos sigue retando: nadie pasa delante de ella sin detenerse, para bien o para mal...





Caracas, marzo 2011

Ilustración tomada de la Web.

13 diciembre, 2010

En los probadores



¡Esta vez no me pude escapar..! le prometí a Julieta regalarle la pinta de las festividades navideñas; encima que le voy a meter el tarjertazo al gasto, ella quiere que la acompañe a la tienda para efectuar la escogencia… ¡Qué ladilla!

Llegamos a la boutique. Julieta escogió una de esas que llaman de “alta costura”. Nos hicieron pasar a un saloncito alfombrado, con cortinajes, espejos y un sofá; en frente varios probadores. Me ofrecieron café. Armado de paciencia me senté –supuse que la cuestión era para largo- mientras mi mujer, junto con una vendedora que le mostraba más y más vainas, escogió un montón de miriñaques de los estantes y colgadores y se los llevó al probador. Mirando para todos lados, de pronto observé lo que sucedía en el cubículo contiguo al de Julieta… La dependienta traía a la persona que estaba dentro, una inimaginable variedad de ropa intima: sostenes, ligeros, pantaletas, dormilonas de encajes o transparentes; negros, blancos, rojos; combinaciones… A medida que la mujer se media la ropa íntima, iba lanzando aquello que no quería por sobre la puerta del probador y caía sobre la alfombra.

La cuestión me intrigó y me puse a elucubrar... ¿Quién será esa tipa?. No debe ser una ama de casa. Mi mujer no compra esas cosas; la muy insulsa duerme con franela... Esta debe ser una mujer de clase, además sensual: soltera, quizá una stripper, o será una puta... ¿Cómo será? Rubia sin duda y con melena: no muy joven, alta, estilizada, con unas buenas tetas y un culo apetecible... Cerré los ojos y me recosté en el diván. Me gustaría conocerla, tener un encuentro sexual del carajo con ella… Me la tiro sin condón para sentir su vagina tibia y jugosa... Debe ser buena en la cama: desnudarla ¡ojalá no tenga el coño afeitado, para saber si es rubia natural!... Si tiene tetas de silicona no me importa. Lo importante es gozarla… Una mujer así debe ser de las que te montan y piden más: házmelo por aquí, métemelo por allá; hazme lo otro…¿Quieres que me lo coma?, si mamita, anda… ¡Un polvo de esos inolvidables, no joda!...

Eloy mi amorcitico, escogí esto. ¿Te gusta, te parece?...Volví a la realidad. Si mija; ese te queda muy bien… Julieta entró nuevamente al probador a cambiarse de ropa. Cuando salió me tomó del brazo; ahora vamos a buscar los zapatos… Estando en la caja, mientras pasaban la tarjeta y metían en bolsas la compra de mi mujercita, vi de reojo hacia el saloncito de probadores: salió una señora gorda, luego dos mujeres comunes y corrientes que conversaban. La rubia de mis sueños no salió nunca...

Caracas, dic.2010
Ilustración: Vettriano

25 junio, 2010

El cantar de los cantares


¡Oh, si él me besara con besos de su boca!
Porque mejores son tus amores que el vino.
(Cantar de los cantares. Capt.1)


Larga fue la travesía de la caravana por desiertos sofocantes y áridas montañas para llegar a su destino. Una caravana tan larga y apertrechada sin duda pertenece a un personaje muy principal; es Balkis reina de Saba, que se dirige a visitar a Salomón rey de Israel. Al llegar a su destino, la señora se instala en los aposentos que el monarca destinó para ella y su comitiva, en un ala del magnífico palacio.

A la mañana siguiente, el ministro de la reina visita a Salomón en su trono donde está rodeado de su séquito. Dice: !Oh rey de reyes! mi señora no podrá veros hoy y os agradece que aceptéis estos dátiles, este marfil y este cofre de joyas en señal de disculpa. Los obsequios fueron acogidos y se retiró.

Nuevamente el ministro se presentó ante el rey a la segunda semana, diciendo: !Oh gran monarca! mi señora ruega que la disculpéis por no asistir hoy ante tu presencia y en señal de su agradecimiento os envía estos tapices y estas alfombras. El rey, no del todo complacido y entre recriminaciones a lo que considera una falta, acepta los regalos.

A la tercera semana, el hombre acude ante el monarca, acompañado de una bella y joven esclava y dice: Honorable señor, mi reina no puede asistir hoy ante vos, pero agradece que toméis a esta hermosa muchacha para vuestro placer, pero con la condición de que sea devuelta al día siguiente… Salomón encantado ante la presencia de la bella accede gustoso. Así durante las semanas subsecuentes, el ministro llevó una esclava diferente a Salomón como obsequio de su reina; siempre con la condición de que fuera devuelta. En total tres esclavas fueron y vinieron del lecho del rey a los aposentos de la reina de Saba. Pasado este tiempo, Balkis reúne a las tres mujeres y las interroga: Qué tal fue el desempeño del rey. A lo que respondieron: Torpe, apresurado y egoísta.

Intempestivamente una mañana Balkis anuncia su visita y se presenta ante Salomón y su corte con todos sus ministros. Discuten asuntos de estado: comercio y tratados. El rey quedó impresionado con esa mujer que además de hermosa, es inteligente, astuta y sabia.

La reina no apareció más por el palacio, pero continuó enviando a sus tres esclavas. Ellas pacientemente enseñaban al rey el antiguo arte amatorio que conocían las mujeres de su raza. Una se dedico a los besos, caricias y juegos. Otra a masajes, abluciones y olores y la última a posiciones y trucos para prolongar el place. A veces pasaba la noche con todas juntas...Cuando el complacido Salomón inquirió .¿Dónde habéis aprendido esto? En la cama de nuestra reina, respondieron.

El rey pasó largas meses entre los brazos y piernas de las esclavas, mientras los ministros se ocupaban de los asuntos de estado. Lo que lo intriga sobremanera y no deja de perturbarlo, es que la reina no se deja ver.Así pensaba frecuentemente en ella y por las noches la soñaba. ¡Balkis, pretendes enloquecerme! Llegó a desearla de tal manera que tenía poluciones nocturnas soñando con la reina.

Cuando todos los asuntos oficiales, estuvieron encaminados, la reina reunió nuevamente a sus tres esclavas y preguntó: Y ahora, cómo se desempeña Salomón. Todas estuvieron acordes en señalar que el rey había efectuado notables avances en asuntos del lecho. Esa misma noche –sin ser anunciada- se presentó en solitario ante Salomón. Pasaron una deliciosa velada. Sorbieron vino y conversaron sobre arte y filosofía. La reina se mostró sensual y coqueta. Danzó y cantó al compás de un pequeño tamborcillo; pero muy por el contrario a lo que el rey esperaba, se retiró sola a sus aposentos.

Salomón estaba totalmente ensimismado con Balkis; no recordaba haber deseado tanto a una mujer. El a quien le sobran concubinas, está totalmente desesperado por yacer con la reina de Saba. Una de esas noches de insomnio y deseos sexuales complacidos en solitario, Salomón dejó su lecho. Atravesó patios y albercas para llegar a la cámara de Balkis. Con sumo cuidado, sin hacer ruido empujó la pesada puerta y penetró en la recámara donde se extinguía el incienso y la reina dormía.  Junto a la cama –en la penumbra- vio la exquisita criatura desnuda envuelta en velos. Discretamente se desviste y se escurre a su lado. Balkis al sentirlo se vuelve; aparta sus velos, cubre a Salomón con su pierna y le susurra ¿Estás listo para mi?

Caracas, junio 2010

Ilustración: G. Moreau

29 mayo, 2010

En el Metro



Cuando subió al vagón, ellas ya estaban allí. Ocupaban dos asientos una al lado de la otra. Se sentó en frente. A esa hora el metro no está abarrotado. Las chicas lo miraron, con cierta indiferencia... El las observa: deben tener unos catorce o quince años. Ambas morenas: con sus falditas de colegialas, blusas y tobilleras blancas, con sweter azul y el pelo recogido en una coleta.
Luego de unos minutos, las chicas al unísono –sin hablarse- sacan sendos libros de sus mochilas y simulan leer. De pronto exageradamente cruzan las piernas. Las cortas faldas dejan ver los torneados muslos… ¡Será cierto lo que vi! No tienen ropa interior… ¿lo vi, o lo imaginé?...

Las chicas siguen inmersas en sus libros. El hombre confundido esboza una risita nerviosa sin saber dónde mirar…Se repite la operación; esta vez descruzan las piernas y las dejan exageradamente separadas. Efectivamente, no llevan bragas… Inquieto disimula, pero finalmente opta por deleitarse fisgoneando. Alternativamente, las colegialas dejan ver u ocultan el centro de interés del pasajero. El comienza a sonreír y a elucubrar con esos tiernos pubis tan cercanos... Una lanza un lapicero al suelo: al recogerlo muestra sus torneadas nalgas y algo más. La erección se hace inminente… Parece que esto las complace ya que llegado este momento, cierran los libros y con descaro lo miran directamente. Las chicas continúan en su exhibición acompasadamente, abriendo y cerrando las piernas… ¡Se me va a pasar la estación!... De pronto guardan los libros. Le sonríen con un guiño y apresuradas bajan del vagón…

Caracas, junio 2010
Ilustración tomada de la web.

09 mayo, 2010

Brevísimo

Papanicolau: ¿Es un presocrático o un precancerígeno..?

Libros de alcoba : Son esos tan pero tan eróticos que en vez de prefacio tienen prepucio..

En la ópera: Después de tanto sufrir se percató de que sólo era un fantasma.



Caracas, 1999

25 agosto, 2009

Voyeurismo



Me mudé a este apartamento más que todo por la vista. Es relativamente pequeño, aún así cómodo. Desde mi ventanal veo en panorámica la bulliciosa ciudad. El barrio, los edificios, los apartamentos. Especialmente me gusta escudriñar de noche qué hace la gente en su casa. Semeja cuadros de una película de cine mudo. Por ejemplo, aquel señor que todas las tardes llega del trabajo, pasa por la panadería a comprar el pan y sube a su piso, donde indefectiblemente lo espera su mujer con la mesa lista para la cena; o las chicas de la peluquería –coquetas y bulliciosas- en la tarde al terminar sus labores van al bar-restaurante de la esquina, para tomar una copa, fumar un cigarrillo y conversar con los clientes; y el joven que tiene el kiosco de periódicos en los bajos del edificio donde habita... Es un flaco, amigo de todos en el barrio; y la dama del edificio de la otra esquina –esa construcción es una de las que más me gusta, por su estilo art decó- vive en un segundo piso, con un caniche que saca dos veces al día, para que deposite sus inmundicias en la vía por donde tocará pisar a los demás; o los tres chicos estudiantes –con pinta de extranjeros- en la buhardilla de uno de los edificios. Un hombre barre la cuadra diariamente; le toma medio día. Supongo que después se va a barrer a otra parte. ¡Es impresionante lo rutinario que somos los humanos! y con una puntualidad pasmosa. Me incluyo; fisgoneo a todos desde mi ventana en penumbra.

Repetidas veces el chico del kiosco aborda –infructuosamente- a una de las chicas de la peluquería. Regordeta ella, o mejor decir entrada en carnes, muy blanca, de pelo negro y sonrisa jovial. A mi nunca me sonríe ya que poco me la he tropezado; pero al chico del kiosco sí. Se lo pone difícil: practica el viejo truco del tira y encoge... El chico le sigue el juego con la esperanza de que alguna vez la convenza de subir al apartamento. Tanto va el cántaro al agua...

Los veo en su sala, conversan, escuchan música (supongo, porque no llego a oír). El desaparece de mi vista y regresa con dos copas y una botella de vino; brindan. Ambos dan largas al asunto: desplazan el momento, aumentan el deseo. Esa noche no pasó de allí. Me fui a dormir aburrido ya que esperaba más acción.

A la semana siguiente, casi me pierdo el espectáculo, porque me retiré momentáneamente del ventanal. Finalmente el asunto llegó a término entre la chica peluquera y el chico del kiosco. Todo sucedió de noche, en el diván de la sala –para mi beneficio- de lo contrario si se desplazan me pierdo el espectáculo. El chico parece ser ducho en el asunto, o quizá muy considerado con la chica; ¿será acaso su primera vez? La sienta en sus piernas y parsimoniosamente, con suavidad, entre besos y caricias, la va desvistiendo. Ella no participa mucho en la maniobra, pero eso no es impedimento para que el hombre continúe en su labor. Ahora está a medio vestir –en paños menores- y él desnudo completamente. Indica a la chica los pasos a seguir para que le haga una felación; ella no se opone. ¡Me desconcierto! ¿Era neófita o se hacía? Por la cara del joven lo está haciendo muy bien. Ya desnuda ella, ambos se entregan a todo tipo de juegos amatorios: arriba, abajo, de lado, a la inversa. Llega el momento de colocarse el condón; todo está adecuadamente listo para la final penetración que se lleva a término. Una coyunda ancestral que dura minutos se declara. Jadeante, reposa sobre ella. Luego la chica se incorpora, recoge sus ropas y sale de mi vista... El todavía permanece laxo en el sofá. Después de unos minutos, regresa bañada y vestida. Le alcanza una bata de baño. El se levanta y cubre. Intuyo que se despiden: se besan, la acompaña hasta la puerta y queda solo.

Las citas se suceden todos los viernes. Casi siempre se repite la misma acción: recibimiento amoroso, copas, música y sexo. La chica nunca se queda a pernoctar. Este último viernes ocurrió algo fuera de lo común: parece ser una discusión por lo airado de los gestos del muchacho. La chica también discute. Ahora ilumina sólo la lámpara de mesa del salón. El joven desaparece de mi vista, para regresar luego de un momento... La chica permanece sentada y llora. Toma a la chica por un brazo, la obliga. Ella se debate. Ambos salen de mi foco visual... Pasa el tiempo; la muchacha no ha salido del apartamento ¿Se quedaría a dormir esa noche?... ¿Sería ese el motivo de la discusión?.. Luego de dos horas -la verdad es que cabeceaba del sueño- una sombra cruzó el salón y apagó la luz... Me fui a dormir.

La mañana del sábado, ambos nos levantamos temprano: el joven y yo. Se asoma a la ventana...escudriña a todos lados. ¿Acaso notó mi presencia ? Está arreglado y lleva una maleta consigo. No veo a la chica por ninguna aparte... ¿Saldría mientras dormí? Pienso si la situación es como para reportarla a la policía. ¡Exagero! es sólo una discusión de enamorados. Además me pondría en evidencia. Mejor esperar a ver cómo se presentan las cosas…

Amanece el lunes y la rutina del barrio igual, salvo el kiosco de periódicos que está cerrado. No he visto a la chica aún. El martes el puesto de periódicos está abierto y el joven atiende a los clientes. En la tarde, salen las bulliciosas muchachas de la peluquería y van como de costumbre, al bar-restaurante. Noto que el grupo está incompleto.

Todavía no me animo a ir a la policía…

Caracas, agosto 2009
Ilustración: Dalí

17 marzo, 2009

El manantial



Sin ser una belleza Mónica tiene una nutrida clientela. Tampoco es que sea una jovencita, empero posee una glamorosa apariencia. Su cuerpo es aún lozano aunque ligeramente desproporcionado. Los pechos pletóricos, con pezones como botón de rosa y oscuras aureolas, son muy grandes para el resto de la estructura que los soportan. Se cuida; se alimenta adecuadamente. Sabe que de ello depende la calidad de su desempeño, por tanto tampoco practica sexo -ni siquiera oral- ni sádico-masoquista. Ninguna de esas prácticas forma parte de su quehacer. Fornica por placer y con quien quiere cuando desea satisfacerse. Sus acompañantes son selectos. Atiende a hombres maduros: carentes, nostálgicos, anhelantes. Ella sabe esperar a los más jóvenes; ya les llegará su momento. Aún así –a pesar de tantas reservas- es una de las más solicitadas de la “casa” y por su exquisito servicio cobra elevados emolumentos.

Mónica no hace acrobacias en la cama. Simplemente se tiende –envuelta en su bata china- al lado del hombre que amorosamente amamanta…


Caracas, marzo 2009
Ilustración: Vettriano

10 enero, 2009

El pozo



Asunción tornaba de llevar el almuerzo a su marido allá en el campo, donde el hombre se deslomaba para sacar algo provechoso de la árida tierra. Acalorada, no pudo aguantar la curiosidad cuando vio el pozo de agua fresca y transparente, donde se reflejan las ramas de los árboles circundantes y un tenue rayo de sol... La hora calurosa era propicia para el refrescante baño. Increíble que nunca hubiese tomado por ese camino solitario; que nunca hubiese visto esa maravilla…

Bajó el corto terraplén que le permitía llegar a la orilla. No aguantó la tentación; colocó la canasta vacía sobre una roca. Se despojó de su camisón floreado y desnudita, de a poco, fue entrando en el pozo. La piel se le erizó como carne de gallina; que rico era chapotear en el agua fresca, que le recorriera los muslos, la cadera, los pechos. Sentía sus pies escarbar en el légamo. Tan placentera sensación la hizo canturrear. Un sapo, saltó del agua a una roca y comenzó a croar. Asunción se carcajeó; siguió canturreando y el sapo parecía responderle. De pronto, sopló una fuerte brisa. Cayeron hojas de los árboles y se esparcieron sobre la superficie del agua agitadas por un remolino. Asustada, cruzó sus brazos para contrarrestar el escalofrío y salió rápidamente hacia la orilla. No llegó a colocarse el camisón. El sapo se le puso enfrente. Comenzó a croar durísimo y a inflarse. Un sopor invadió el ambiente... Lo único que se escuchaba era el croar de la bestia que crecía y crecía. El sapo transformándose hasta adquirir conformación humana se le abalanzó. Los gritos de Asunción no se escuchaban, no por que no los emitiera fuerte, sino porque ella misma no se oía. Sólo cuando estuvo saciado, el hombre-batracio la dejó allí tirada: extenuada, lastimada, aterrorizada, como para no verlo evaporarse.

Cuando finalmente llorosa logra ponerse el camisón y sus chanclas; recoge su canasta. Sube por el terraplén y ve una tabla clavada a un árbol, que a manera de cartel y en letras mal definidas señala: Pozo del hechicero.


Caracas, enero 2009

22 noviembre, 2008

Una tarjeta de presentación



Diga, habla Armando ¿quién llama?. El auricular devolvió una voz femenina que dijo: por los momentos prefiero mantenerme de incógnito. Como guste, respondió Armando. Obtuve su tarjeta fortuitamente y me arriesgué a llamarlo. ¿Le molesta? Bueno, no es lo acostumbrado. Siempre me refieren mis clientes. Soy una clienta en potencia y me gustaría conocer más detalladamente sus servicios y tarifas. Verá usted, soy un chico sano y de muy buen físico. Instruido, puedo mantener una agradable conversación. Me visto elegantemente; tengo vehículo y apartamento propio. ¡Ah que bien!, dijo ella. No sé si ya conoce de mis habilidades. ¡No, en verdad no mucho! Entonces déjeme decirle que no tengo ningún tipo de prurito ni inhibiciones sexuales. Atiendo todas las peticiones: mujeres solas, parejas de todo tipo, tríos, hombres. Eso si gente mayor de edad; nada de fotografías ni videos y mucho menos drogas que irían contra mi físico y salud; además para evitar complicaciones legales.

¿Y se alquila usted por horas, toda una noche, un día completo y fines de semana? Si tengo disposición. Hay que consultar mi agenda y ponernos de acuerdo. Puedo actuar como acompañante y llevarla a cenar, a un teatro o cine. Yo la recogería en mi BMW para que no tenga usted que manejar. Si desea prolongar mis atenciones, podemos pernoctar en mi apartamento. Me parece bien. ¿Estaría usted disponible para el próximo miércoles en la noche? Deje ver mi agenda. Sí, efectivamente estaré libre. ¿Desea usted que pase a recogerla? Mejor no, encontrémonos en un restaurante, a eso de las 21, ¿le parece ?. Por favor tome las señas. Iré de traje colorido, chaqueta negra y una orquídea de corsage. Bien, muy bien dijo Armando. Nos vemos y en caso de cualquier inconveniente que se presente, por favor llame a mi teléfono móvil.

Así comenzó toda la aventura de Magaly. Se preparó y un poco antes de la hora señalada de ese miércoles, ya ocupaba una pequeña mesa en un restaurante francés en las afueras de la ciudad. Armando llegó puntual. Elegantemente vestido pero sin afectación. Llevaba una rosa en la mano. No tuvo problemas en localizarla. Al momento de las presentaciones le dijiste tu nombre: soy Magaly. El muy galante te beso la mano y te entregó la rosa. Siéntese por favor. Luego las cosas transcurrieron como transcurren en los restaurantes: los atendió el maitre: bebieron un aperitivo, cena acompañada de vino francés, el postre y el pousse-café. Verá Armando, soy casada y no tengo mayores ocupaciones, aparte de mis actividades benéficas. Mi marido es un empresario muy exitoso. Yo estoy por terminar mi carrera y aunque me gradúe no pienso dejar mi negocio. Claro, hasta que la edad y la demanda me retiren de circulación, dijo chistoso.

La velada transcurrió deliciosamente. Ya se tuteaban como viejos amigos. Al momento de pagar, Armando fue muy galante y dijo: por ser nuestro primer encuentro esta noche va por mi cuenta. Se despidieron y cada quien tomó por su vía. Quedaste maravillada con Armando. Uno de esos hombres que sin ser un galán de telenovela, es varonil y encantador. ¡Eso es lo que tiene, charme! Si es estudiado lo aprendió muy bien. ¡Conoce su oficio el tipo! Creo que valdrá la pena pagar esas altísimas tarifas...

El segundo encuentro se extendió como era de esperarse. Luego de ir a cenar y bailar a un lugar de moda, Armando te llevó a su garconier, en un elegante condominio. Ponte cómoda dijo, mientras servía unos tragos. En el lecho demostró el dominio de su oficio. Definitivamente Armando aparte de estar bien dotado, sabía cómo hacer disfrutar a su pareja. Es de esos amantes que procuran el placer del otro. Armando es muy sensual. ¡Un amante de verdad!, sin complicaciones sentimentales, pensaste. Y qué si le pago, total tanto dinero malgastado. ¡Este será el mejor invertido! Al amanecer tomaste tus ropas, y calladamente -mientras él aún dormía – antes de salir, colocaste el cheque correspondiente y una nota en la mesita de noche:

Querido Armando,
Gracias por tan deliciosa noche. En verdad necesitaba reencontrarme con la mujer que fui y que con tu desempeño supiste despertar.
Te llamaré próximamente.

Magaly

Pd: Tu tarjeta de presentación la obtuve hurgando en la cartera de mi marido.

Caracas, 2000
Ilustración: Vettriano

21 octubre, 2008

La niña Quina y su azaroza circunstancia



Folletín en doce capítulos, que puedes leer a continuación:


Caracas, enero 2006

1 La increíble y triste historia de...

Joaquina anda rodando por esos mundos de Dios, desde hace tiempo. Es una chica decidida para su edad. Tanto que primero optó por salir de su Boconó natal, abandonar los páramos para irse a la capital del estado en busca de mejor vida. Pero en unos meses, Trujillo le quedó chico y alzó vuelo para la capital de verdad y aquí está en Caracas, sin tener muy claro qué hacer y con su escasa experiencia laboral a cuestas: unos mese de secretaria de una empresa constructora -allá en los Andes después que terminó su bachillerato comercial- y un curso básico de computación que tomaba en las noches, haciendo un supremo esfuerzo por pagárselo y por aprobarlo. Provenir de una familia andina patriarcal y jerárquica, en donde las decisiones están supeditadas al parecer de la familia, luego al de la comunidad y en última instancia al que deberá tomarlas, no amilana a Joaquina Briceño -blanca, regordeta, pelo negro como crin de caballo, ojillos vivaces, tetona y de boca carnosa - todo empacado en sus veintidos años. Su temple recio le viene por esa casta de personas honradas y trabajadoras, sabedoras de hacer las cosas como se deben hacer. De allí Joaquina tomó su entereza para superar todos los obstáculos. Mayormente el de la pobreza. Desde niña se enfrentó a su Padre -estuvo meses sin hablarle- hasta que le permitió inscribirse para continuar sus estudios de secundaria en el único liceo existente. Luego, compitió con su compañeras de cuarto, en la pensión en Trujillo, para obtener el mísero carguito de secretaria que detentaba hasta el momento de su evasión.

Eran pasadas las diez de la noche cuando tocó a la puerta. Tuvo que esperar unos minutos, hasta que alguien soñoliento se asomara por una pequeña ventana, a efectuar la pregunta de rigor: ¿Quién es, a estas horas? Soy Joaquina Briceño, don Ramón. La hija de su compadre Eustaquio. ¡Mijita y que haces usted aquí! ¿Le pasó algo a mi compadre? Abrame, luego le cuento. Así fue como la fugitiva entró a vivir donde la familia Ramírez; venida desde el mismo pueblo, por los mismos motivos y las mismas penurias. La hospitalidad de la familia Ramírez no estuvo despejada de reticencias, por aquello de que: ¡Que pensará su Papá de usted, Joaquina! cuando se enteraron que te viniste sin permiso y engañando a todos. El día que decidió iniciar su aventura, salió para sus clases como todas las mañanas, con sus poquísimas pertenencias en el morral del liceo. Desayuné, me despidí de todos y especialmente abrazé y pedí la bendición a mi Papá. A media mañana ya estaba embarcada en el autobús que me llevó a Trujillo y de allí en adelante, no paré hasta hacer unos cobres y venirme para Caracas. Así fue la cosa, don Ramón ya estoy aquí. No se preocupe que mañana mismo me pongo a buscar trabajo.

continúa...

2 Temporada de ángeles.

La comadre Teotiste ya está en el fogón preparando las arepas y colando café, cuando Joaquina se levanta. Bendición madrina, fue su saludo. ¿Dígame mijita, como están todos por allá? Ambas mujeres conversaron brevemente. La recién llegada informó de algunas de las cosas que la trajeron hasta la gran ciudad. La buena de doña Teotiste, le ofreció cobijo hasta tanto se le enderezaran sus asuntos. Al momento se presentó Otilio, quien miró a la muchacha con ojos inquisitivos. Es Joaquina, la hija del compadre Eustaquio. ¿Usted no la recuerda? dijo la madre. Un breve buenos días, fue todo lo que recibió de bienvenida. Un bullicio infantil llenó la cocina: ésta es Isabel, ésta María y Asunción la más pequeña, dijo la oronda madre. Tras un rápido desayuno, toda la familia se desperdigó por la ciudad en pos de sus quehaceres. Joaquina, no sin antes anotar en un papel la dirección y teléfono de donde se encontraba, se aventuró por las callejas de La pastora –así decía el papel que apretaba en su puño- con rumbo desconocido. En el primer quiosco que encontró compró el periódico del día para ojear los avisos económicos.

Caminando llegó hasta la avenida Baralt. Vio las vitrinas; se aturdió con el bullicio del tránsito, sorteó el paso entre los buhoneros y pensó: ¡Nunca me había imaginado que la capital fuera así de fea! Se detuvo en una farmacia donde vio un aviso: Se solicita ayudante. Entró y salió desilusionada. No cumplía los requerimientos para el puesto. A media mañana y cansada de deambular, se detuvo en una panadería a tomar un refresco. El dueño, un portugués canoso, macizo y rubicundo, inmediatamente le buscó conversación. Así se enteró que Joaquina buscaba ocupación. Para su buena suerte, Joao que así se llama el portugués, le dijo que su paisano Luis tiene una cafetería-arepera y anda buscando una persona para ayudar en las mesas. Entregó las señas a Joaquina y esta se dirigió al lugar indicado. Preguntando, aquí y allá llegó a la cafetería "Las más sabrosas arepas", un lugar amplio, con grandes ventanales que dan a la vía: hay seis mesas, colocadas estratégicamente y un largo mostrador donde se exhibe gran variedad de platos. Detrás de ese mostrador se encontraba Luis. Después de conversar, Joaquina quedó contratada como mesonera. Comienzas mañana mismo, le dijo el dueño. Llegó con la buena nueva a la casa. Esa tarde, conversó con Otilio. Los recuerdos de la infancia común mellaron cualquier desconfianza entre ellos. Pasaron las semanas y Joaquina estaba adaptada, a gusto en su trabajo y feliz en el pequeñísimo cuarto que los Ramírez habían acondicionado para ella.

Uno de esos fines de semana libre, Otilio la invitó al cine y a partir de allí ambos jóvenes se fueron acercado más el uno al otro. El chico era de buen corazón y sanos principios. Aunque había tenido menos oportunidades de estudio que Joaquina, era despierto, cortés y considerado. Eso le agradó a la muchacha que le fue tomando más confianza. Salían o compartían de noche hasta tarde, viendo algún programa de televisión. En una de las tantas noches que se quedaron solos sentados en el sofá de la salita, disfrutando una película, Otilio le confesó que le gustaba y la beso. El joven, se puso de rodillas ante la mujer y suavemente posó sus manos en los muslos de Joaquina, que lo dejaba actuar. Los acariciaba y besaba ardorosamente. Las manos continuaron el recorrido hasta llegar a la entrepierna. Recostada y anhelante no opuso resistencia; al contrario ayudó a deshacerse de su ropa interior. Otilio con suavidad separó las piernas de la chica y zambulló su cabeza en el torno de los muslos de su compañera. Joaquina temblorosa, asustada e inquieta, sintió los labios del hombre que se unían a los de su vulva. La lengua saboreante, recorría succionaba y relamía al punto que hizo gemir a Joaquina y acallar un gutural quejido placentero. Otilio quiso ir más allá penetrando con su lengua, pero halló un impedimento. Se detuvo, se incorporó y preguntó; ¿Eres vírgen? Si, respondió ruborizada.

continúa...

3 El paraíso en la otra esquina.

Es un cuarto de hotelucho como cualquier otro en las inmediaciones de Quinta Crespo, destartalado pero limpio. Ella ahora ya no está asustada. Otilio la hace sentir segura. Además ya se conocen. Son varias las veces que en el cine, sentados en las últimas butacas, Otilio le chupa los pezones y hurga en su entrepierna. Ella acuna su verga, la lame -Otilio le enseñó- la recorre con toda su lengua, lo besa y aprieta con sus dedos. Antes que eyacule, se le monta con las piernas abiertas, dándole la espalda. Otilio la abraza, le aprieta las nalgas, la maneja, la hace subir y bajar a su ritmo y antojo. Ahora la novedad es el cuarto de hotel, donde nunca ha estado. Ahora la novedad es la luz, la desnudez, tendidos en la cama. Los detalles del cuerpo: las sinuosidades, las concavidades, las planicies, los colores del vello púbico, su textura. La piel blanca, los labios carnosos y succionadores. Ahora, son los cambios de posición. Los olores y sabores de la crica, los del bálano. El sonido de los quejidos, las risas -ya no hay porque acallarlas- las palabras que se dicen, las que se dejan de decir, aquellas que no se completan: te amo, te am, te …

continúa...